
Mitología griega
Euristeo ordenó a Heracles que fuera en busca del cinturón de Hipólita, reina de las Amazonas, porque su hija Admete deseaba poseer aquel tesoro concedido por el dios de la guerra. Hipólita estaba dispuesta a entregarlo, pero Hera sembró la discordia: las Amazonas acudieron armadas contra los griegos, y Heracles, creyéndose traicionado, mató a la reina en medio del combate y llevó el cinturón de regreso a Micenas.
Euristeo impuso a Heracles una nueva tarea: viajar hasta la lejana tierra de las Amazonas y traer el cinturón de su reina, Hipólita. No era un adorno cualquiera, sino un presente de Ares, señal de la autoridad que Hipólita ejercía entre aquellas mujeres guerreras. Admete, hija de Euristeo, lo codiciaba, y aquel deseo se convirtió en otro de los trabajos que Heracles debía cumplir. Heracles reunió compañeros y se hizo a la mar. En el camino pasaron por islas y costas extranjeras, donde se vieron envueltos en conflictos y también ayudaron a un rey acosado por sus enemigos. Al fin la nave llegó a la desembocadura del Termodonte, en la tierra de las Amazonas, donde las guerreras montaban a caballo, empuñaban lanzas y defendían sus ciudades y riberas. Cuando Hipólita supo que Heracles había llegado, se acercó ella misma a la nave para preguntarle qué buscaba. Heracles le explicó que venía por orden de Euristeo a llevarse su cinturón. Hipólita no se enfureció; por el contrario, aceptó entregárselo para que pudiera completar su trabajo. Pero Hera no quiso permitir que todo terminara en paz. Tomó la apariencia de una Amazona y esparció entre las guerreras el rumor de que los griegos venidos de fuera pensaban raptar a la reina. Las Amazonas lo creyeron, se armaron, montaron a caballo y cargaron hacia la nave. Heracles pensó que Hipólita le había tendido una trampa; en la confusión la mató, tomó el cinturón y escapó con sus compañeros. El cinturón llegó finalmente a manos de Euristeo, pero una tarea que pudo haberse cumplido sin sangre dejó tras de sí la muerte de una reina y una batalla nacida de un engaño.
Cuando Heracles regresó a Micenas, Euristeo no se sintió más seguro por verlo cumplir una tarea tras otra. Aquel rey, encerrado en su palacio, todavía se estremecía al oír los pasos de Heracles: recordaba la piel del león, el jabalí, la hidra de muchas cabezas, y el miedo se le mezclaba con el odio.
Esta vez, el encargo que le impuso nació del deseo de una mujer de la casa real.
Euristeo tenía una hija llamada Admete. Ella había oído hablar de un pueblo lejano, hacia oriente, formado por mujeres distintas de todas las demás. Combatían a caballo, tensaban el arco, arrojaban la lanza, no dependían de los hombres para defender sus ciudades ni inclinaban la cabeza ante los reinos vecinos. Se las llamaba Amazonas. Su reina era Hipólita, y poseía un cinturón célebre.
Aquel cinturón no era una simple joya de oro ni una cinta delicada para llevar en un banquete. Decían que era un don de Ares, el dios de la guerra, entregado a Hipólita. Cuando la reina se lo ceñía, parecía llevar atada al cuerpo la majestad misma del campo de batalla. Las Amazonas, al verlo, reconocían en ella a una soberana aprobada por el dios guerrero.
Admete quiso tener ese cinturón.
Euristeo convirtió aquel deseo en una orden y dijo a Heracles:
“Ve y tráeme el cinturón de la reina de las Amazonas.”
La orden sonaba como si se tratara solo de obtener un objeto precioso, pero todos sabían que arrebatar el cinturón de una reina era como entrar en el corazón de un ejército feroz. Heracles no hizo preguntas. Ya estaba acostumbrado a los mandatos de Euristeo y sabía que no tenía retirada. Reunió entonces a los compañeros dispuestos a seguirlo, preparó la nave, los remeros, las armas y las provisiones, y partió hacia tierras remotas.
Cuando la nave dejó atrás la costa griega, el viento hinchó la vela. Heracles permanecía en la proa, con la piel de león sobre los hombros, el arco y las flechas a su lado, y la espada de bronce colgada a la cintura. Sus compañeros remaban, y las palas de los remos golpeaban una y otra vez el agua, mientras la espuma blanca se abría junto al casco.
No fue una travesía tranquila.
Al pasar por Paros, estalló un conflicto en la isla. Dos compañeros de Heracles fueron muertos por los habitantes del lugar, y él, lleno de ira, desembarcó para vengarlos. Espadas y venablos se cruzaron entre las piedras; la sangre corrió por el suelo. Los isleños no pudieron resistirlo y tuvieron que entregar rehenes para apaciguar su furor. Heracles tomó consigo a quienes quisieron acompañarlo y siguió viaje.
Más tarde llegaron a una costa desconocida. Allí reinaba Lico, acosado por enemigos vecinos. Heracles, al enterarse, acudió con sus compañeros en su ayuda. Cayó sobre las filas contrarias como una roca desprendida de la ladera de una montaña, y los enemigos, incapaces de sostener el choque, se dispersaron. Lico, salvado por aquel héroe llegado de lejos, le ofreció una porción de tierra en gratitud y dio a aquel lugar un nombre derivado del suyo.
Pero Heracles no se quedó mucho tiempo. Recordaba el motivo de su viaje: el cinturón estaba en poder de la reina de las Amazonas, y Euristeo lo aguardaba en Micenas. Así que la nave volvió a separarse de la costa y atravesó vientos y olas hacia el río Termodonte.
La tierra de las Amazonas se extendía cerca del Termodonte. Cuando la nave se aproximó a la desembocadura, Heracles vio llanuras abiertas en la ribera; más allá corrían manadas de caballos, levantando polvo bajo los cascos. El río venía del interior, turbio de limo y con olor a hierba, y se derramaba en el mar.
No tardaron las Amazonas en descubrir la nave extranjera.
No eran mujeres que se escondieran tras las murallas para mirar de lejos. Las guerreras se reunieron pronto: unas sujetaban sus caballos, otras se ponían los cascos, otras llevaban el arco a la espalda, y las puntas de las lanzas relucían al sol. Contemplaban aquella nave griega junto a la orilla sin saber si quienes llegaban eran comerciantes, piratas o enemigos en busca de guerra.
La noticia llegó a Hipólita.
La reina no se apresuró a ordenar el ataque. Fue ella misma a la costa, acompañada por algunas guerreras. Llevaba ceñido el famoso cinturón, ajustado sobre su atuendo de combate como una señal imposible de ignorar. Se acercó a la nave, miró a Heracles y le preguntó por qué había venido a la tierra de las Amazonas.
Heracles tampoco ocultó sus intenciones. Bajó de la nave, se plantó en la orilla y dijo a la reina:
“Soy Heracles. Euristeo de Micenas me ha mandado venir a buscar tu cinturón. Su hija lo desea, y yo debo llevarlo de regreso.”
Dichas ante otro rey, aquellas palabras quizá habrían bastado para desenvainar las espadas. Pero Hipólita, al oírlas, no se dejó llevar por la cólera. Miró al héroe venido de lejos, y tal vez ya conocía su nombre: había matado al León de Nemea, había vencido a la hidra, había capturado monstruos y había vuelto una y otra vez de los bordes de la muerte.
Ella no consideraba el cinturón una cosa menor que pudiera entregarse sin más; pero también vio que Heracles no era un ladrón furtivo. Había declarado abiertamente su propósito, estaba ante ella y esperaba su respuesta.
Entonces Hipólita aceptó darle el cinturón.
Si todo hubiera terminado allí, Heracles habría partido sano y salvo con el tesoro, y las Amazonas no habrían perdido a su reina. Pero en los mitos griegos el camino de Heracles rara vez se abría sin tropiezos.
Hera nunca quiso a Heracles.
Al verlo a punto de cumplir también aquel trabajo, se irritó. Bajó entonces entre las Amazonas, tomó la apariencia de una de sus guerreras y, mezclada con la multitud, empezó a hablar en voz baja.
“¿Qué hacéis ahí quietas?”, decía a las Amazonas. “Ese extranjero no ha venido a pedir un regalo. Quiere llevarse a vuestra reina. Cuando os deis cuenta, Hipólita ya estará en la nave.”
Aquellas palabras prendieron como una chispa en hierba seca. Una las oyó y se volvió para contárselo a otra; un pequeño grupo lo repitió, y muy pronto el rumor corrió más lejos. Las Amazonas ya desconfiaban de los forasteros. Al ver a Hipólita conversando con Heracles junto a la nave y al advertir que los griegos estaban ya en la playa, creyeron aquella terrible noticia.
Sacaron los caballos y tensaron las riendas. Las guerreras se cubrieron con armaduras, ajustaron las brazaleras, tomaron escudos y hachas de combate. Unas saltaron sobre sus monturas; otras tensaron los arcos. Los gritos llegaron desde el campamento hasta la costa.
Hipólita no tuvo tiempo de explicar nada: la tropa de las Amazonas ya cargaba hacia la nave.
Heracles oyó los cascos, alzó la mirada y vio levantarse el polvo, con una hilera de lanzas avanzando contra él. La reina que un momento antes había aceptado entregarle el cinturón estaba allí, frente a él; sus guerreras, en cambio, ya lo trataban a él y a sus compañeros como enemigos.
Heracles no sabía que Hera movía los hilos por detrás. Solo vio a las Amazonas lanzarse de pronto al ataque, y en su mente se formó enseguida una conclusión: Hipólita lo había engañado. Fingió querer darle el cinturón, pensó él, mientras llamaba en secreto a su ejército para atraparlos en la costa.
Con esa idea en el corazón, no esperó más.
La batalla estalló junto a la desembocadura.
Los caballos de las Amazonas cargaron sobre la playa, y el suelo tembló bajo los cascos. Las flechas cayeron desde el aire sobre las tablas de la nave, los escudos y la arena. Los compañeros de Heracles levantaron sus defensas a toda prisa; unos guardaron el costado de la embarcación, otros desenvainaron las espadas y salieron al encuentro de las guerreras. El viento marino agitaba los cabos, y la nave se balanceaba en el agua somera como si también ella se estremeciera ante aquella lucha repentina.
Heracles se lanzó contra Hipólita.
Hipólita era reina de las Amazonas y no una mujer débil. Tenía armas en la mano, guerreras a su alrededor y aún llevaba a la cintura el cinturón concedido por Ares. Pero la fuerza de Heracles era terrible. Había derribado monstruos y adversarios poderosos, y ahora, creyéndose traicionado, no tuvo piedad.
En medio del combate, Hipólita cayó.
Al morir la reina, los gritos de las Amazonas se hicieron más feroces. Unas buscaban vengarla; otras intentaban recuperar su cuerpo; otras arrojaban lanzas contra Heracles. Él quitó de su cuerpo el cinturón y lo entregó a un compañero para que lo guardara, mientras se volvía a hacer frente a las guerreras que lo perseguían.
Ya no quedaba en la orilla ningún malentendido que pudiera deshacerse con palabras. Los caballos relinchaban, el bronce chocaba contra el bronce, y el barro junto al río quedaba removido por los pasos. Heracles y sus compañeros resistían mientras retrocedían hacia la nave. Cortaron las cuerdas que la sujetaban, la empujaron al agua, y los remeros hundieron los remos con todas sus fuerzas.
Las Amazonas llegaron hasta la ribera, y sus flechas siguieron volando. Pero la nave se alejaba cada vez más; los proyectiles caían en el mar y solo levantaban pequeños círculos de espuma blanca. Heracles permanecía de pie sobre la embarcación, mirando cómo la desembocadura quedaba atrás. En sus manos estaba ya aquello que Euristeo le había pedido.
El camino de vuelta fue todavía largo. Las olas golpeaban el vientre de la nave, y por la noche el viento soplaba desde la oscuridad del mar. En la bodega yacía el cinturón: había sido emblema de la dignidad de una reina, y ahora era la prueba de un trabajo cumplido.
Quizá Heracles nunca supo que Hipólita no había querido hacerle daño al principio. Ella había aceptado entregarle el cinturón y dejarlo partir en paz. Pero un rumor de Hera, susurrado entre la multitud, convirtió la confianza en muerte.
La nave regresó por fin a Grecia. Heracles llevó el cinturón ante Euristeo.
Euristeo obtuvo lo que había ordenado, y Admete recibió el tesoro que deseaba. El noveno trabajo quedó cumplido. Pero lejos de allí, junto al Termodonte, las Amazonas habían perdido a su reina; y el cinturón concedido por el dios de la guerra quedó separado para siempre de la mujer que un día lo había llevado ceñido al cuerpo.