
Mitología griega
Heracles recibió la orden de limpiar los establos de Augías, que llevaban años sin barrerse, y luego marchó al lago Estínfalo para espantar a unas aves monstruosas. Desvió las aguas de los ríos para arrastrar la inmundicia, hizo alzar el vuelo a las aves con unas castañuelas de bronce y, con sus flechas, llevó a término aquellas dos tareas que parecían imposibles.
Euristeo no quería conceder descanso a Heracles y lo envió a la Élide, ante el rey Augías. Augías poseía incontables rebaños, y sus establos no habían sido limpiados durante años: el estiércol se amontonaba como pequeñas colinas, y el hedor podía sentirse desde lejos. Heracles no dijo al principio que aquel trabajo venía de Euristeo. Propuso a Augías un trato: si limpiaba los establos en un solo día, recibiría la décima parte del ganado. Augías creyó que era imposible y aceptó, mientras su hijo Fileo oyó la promesa y quedó como testigo. Heracles no intentó sacar la suciedad con palas y cestos. Observó el terreno y las corrientes cercanas, abrió canales desde los ríos Alfeo y Peneo, e hizo que el agua atravesara los establos. La corriente arrancó años de estiércol, paja podrida y barro endurecido, y al caer la tarde el suelo y los muros habían quedado limpios. Pero cuando Augías supo que aquel trabajo formaba parte de los encargos de Euristeo, se negó a pagar y dijo que nunca había hecho tal promesa. Fileo declaró que había oído el juramento de su padre, y por esa rectitud fue expulsado junto con Heracles. De vuelta en Micenas, Euristeo usó el intento de cobrar recompensa como excusa para no contar aquel trabajo y obligó a Heracles a seguir adelante. Poco después, Heracles fue enviado al lago Estinfalo, en Arcadia. Allí una bandada de aves monstruosas se ocultaba entre los juncos y los árboles, destruía las cosechas y atacaba a personas y animales. Atenea le entregó unas castañuelas de bronce. Heracles subió a un lugar elevado, las hizo resonar hasta que las aves salieron al aire, y entonces las abatió con sus flechas, dispersando al resto y devolviendo la calma a la orilla del lago.
Heracles aún llevaba sobre los hombros la piel del león de Nemea, y los colmillos del jabalí ya habían sido llevados a Micenas, pero Euristeo seguía sin dejarlo en paz. Aquel rey, que daba órdenes escondido en lo más profundo de su palacio, buscaba siempre trabajos más humillantes y más pesados, con la esperanza de rebajar al héroe.
Un día, Euristeo mandó decir a Heracles que fuese a la Élide y limpiara los establos del rey Augías.
Augías era un monarca riquísimo, dueño de una cantidad asombrosa de ganado. Sus reses pasaban el día apretadas en grandes cuadras, cuerno contra cuerno, pezuña contra pezuña. Hacía muchísimo tiempo que nadie limpiaba aquellos establos. La suciedad se había ido acumulando capa sobre capa: lo seco se había endurecido como una costra gruesa, lo húmedo rezumaba hacia abajo, y el hedor salía a la vez por las rendijas de las puertas, por las cercas y por el pie de los muros. Antes de acercarse siquiera, cualquiera fruncía el ceño.
Aquello no parecía un trabajo digno de un héroe. No había fieras, ni carros de guerra, ni lanzas enemigas: solo suciedad, pestilencia y una fatiga interminable. Precisamente por eso lo había elegido Euristeo. Pensaba que, por grande que fuera la fuerza de Heracles, no podría limpiar en poco tiempo una inmundicia acumulada durante tantos años.
Heracles llegó a la Élide y se presentó ante Augías. El rey, al ver a aquel héroe venido de lejos, quiso también poner a prueba su poder. Heracles no dijo al principio que venía por mandato de Euristeo; solo preguntó a Augías:
—Si consigo limpiar tus establos en un solo día, ¿estarías dispuesto a darme la décima parte de tus rebaños?
Al oírlo, Augías se rió para sus adentros. Unos establos tan grandes, estiércol de tantos años: no ya un día, sino muchos hombres trabajando durante muchos días quizá no bastarían para dejarlo todo en orden. Así que aceptó y juró cumplir lo prometido.
Heracles pidió además que Fileo, hijo de Augías, sirviera de testigo. Fileo era un joven recto; oyó la promesa de su padre y la guardó en la memoria.
Augías pensaba que Heracles tomaría una pala, una horca de madera y unos cestos, y que iría sacando la suciedad poco a poco. Pero Heracles rodeó primero los establos, observó el terreno y estudió el curso de las aguas. Cerca de allí corrían dos ríos: el Alfeo y el Peneo. Sus aguas avanzaban día y noche sin cansarse, mucho más poderosas que las manos de los hombres.
Entonces se quitó cuanto podía estorbarle, apartó piedras, removió tierra, abrió una brecha en un lado del establo y excavó una salida en el otro. Luego hizo cambiar de rumbo a los ríos, que entraron rugiendo en las cuadras.
Cuando el agua irrumpió, las reses mugieron asustadas y sus pezuñas salpicaron barro por todas partes. Heracles llevó el ganado a un lugar seguro y dejó que la corriente atravesara los establos de un extremo al otro. La suciedad de años se desprendió; el agua negra y turbia salió arremolinada, arrastrando el lodo espeso, el forraje podrido y la inmundicia que se había apelmazado en los rincones.
El sol cruzó el cielo, y el río siguió lavándolo todo sin detenerse. Al caer el día, los establos ya tenían otro aspecto. El hedor había sido llevado por la corriente; el suelo volvía a verse, y la base de los muros ya no estaba enterrada bajo la porquería. Lo que Augías había creído imposible quedó hecho en una sola jornada.
Heracles volvió entonces ante Augías y le pidió que, conforme al juramento, le entregara la décima parte del ganado.
Pero el rostro de Augías cambió. Ya había sabido que Heracles había realizado aquel trabajo como una de las labores impuestas por Euristeo. Por eso se negó a reconocer el trato y afirmó que jamás había prometido tal recompensa.
Heracles miró a Fileo. El joven no favoreció a su padre y se adelantó para decir:
—Yo oí a mi padre prometerlo con su propia boca, y también lo oí jurarlo.
Augías, avergonzado y furioso a la vez, no solo se negó a entregar el ganado, sino que expulsó a Heracles de la Élide; y desterró también a Fileo, que había testificado a favor del héroe. Fileo abandonó la tierra de su padre, y Heracles tuvo que regresar a Micenas.
Pero Euristeo encontró en aquello un nuevo pretexto. Dijo que, puesto que Heracles había pedido paga a Augías, aquella labor no podía contarse entre las válidas. Heracles comprendió que el rey solo quería ponerle trabas, pero aun así debía seguir cumpliendo sus órdenes.
Poco después, Euristeo lo envió a Arcadia. Allí se extendía el lago Estínfalo, rodeado de juncos y árboles; en sus orillas el barro era hondo y blando, y quien se acercaba podía hundirse a cada paso. En aquel lugar habitaba una gran bandada de aves monstruosas. Se ocultaban entre los árboles y los cañaverales, y cuando levantaban el vuelo en masa, el ruido de sus alas parecía un viento que azotara ramas secas.
Aquellas aves atormentaban a la gente de la región. Picoteaban los cultivos, espantaban al ganado y se lanzaban contra quienes se acercaban al lago. Nadie se atrevía a entrar en el bosque, y mucho menos a aproximarse al centro de la laguna. Matarlas con flechas no era fácil: se escondían en lo más denso de las hojas y los juncos; se veía apenas su sombra, pero no se distinguía bien dónde estaban. Y si alguien intentaba avanzar sin cuidado, el pantano lo atrapaba.
Heracles llegó a la orilla y contempló el bosque húmedo y los juncos que se mecían. Tenía el arco en la mano, pero no podía disparar contra una bandada que no veía. Mientras dudaba, Atenea acudió en su ayuda.
La diosa le entregó unas castañuelas de bronce. Se decía que aquel instrumento había sido fabricado por Hefesto, y que al golpearlo producía un sonido agudo y penetrante, capaz de propagarse muy lejos por las laderas abiertas y sobre la superficie del lago.
Heracles tomó las castañuelas de bronce y subió a un punto elevado junto a la orilla. Allí afirmó los pies y las hizo resonar con fuerza hacia lo más espeso del bosque y de los cañaverales.
Al primer golpe, la orilla del lago pareció despertar sobresaltada. Los juncos se agitaron violentamente, y entre las ramas estalló un clamor confuso. Sonó un segundo golpe, luego un tercero; el bronce retumbó sobre el agua, tan agudo que encogía los oídos.
Las aves ocultas en lo más profundo no soportaron aquel estrépito y salieron a la carrera de entre los árboles. Se alzaron en una masa oscura, batiendo las alas, y sus sombras cubrieron la luz del sol. Unas giraban sobre el lago, otras huían hacia lejos, y algunas, presas del pánico, intentaban volver al bosque.
Heracles había esperado precisamente ese instante. Dejó las castañuelas, tensó la cuerda del arco y empezó a disparar. Una flecha siguió a otra, cortando el aire. Las aves que volaban cerca cayeron al agua y al barro de la orilla; las que subían más alto fueron alcanzadas y rodaron desde el cielo. La bandada, aterrada, no se atrevió a volver a su antiguo refugio, y las supervivientes se dispersaron en todas direcciones.
Poco a poco, la orilla quedó en silencio. Los juncos seguían moviéndose al viento; sobre el agua flotaban plumas caídas, y a lo lejos apenas se oían algunos gritos aislados. La gente de la región pudo al fin acercarse al lago, y los campos dejaron de ser devastados por aquellas bandadas monstruosas.
Heracles recogió su arco y descendió de la ladera. No se demoró junto al lago; solo llevó de vuelta la noticia de que la tarea estaba cumplida. Los establos de Augías habían sido lavados por los ríos, y las aves del Estínfalo habían sido dispersadas y abatidas. Aunque Euristeo buscara siempre una excusa para ponerle dificultades, aquellas dos hazañas quedaron en la memoria de los hombres: un héroe no vence solo resistiendo con la fuerza de sus brazos; también sabe reconocer el poder de los ríos, aceptar la ayuda de los dioses y resolver, una tras otra, tareas que parecían no tener comienzo posible.