
Mitología griega
Atalanta era la joven más veloz de su tiempo. No quería casarse, así que obligaba a sus pretendientes a correr contra ella: si vencían, obtendrían su mano; si perdían, morirían. Hipómenes pidió ayuda a la diosa del amor y, con tres manzanas de oro, logró detener sus pasos y ganar la carrera. Pero olvidó dar gracias por el favor recibido, y ese olvido atrajo sobre ambos un castigo terrible.
Atalanta fue abandonada en el monte cuando aún era una recién nacida, alimentada por una osa y criada después por cazadores. Creció corriendo, tirando con arco y cazando entre los bosques, más libre y más veloz que los hombres que acudían a admirarla. Como no quería quedar encerrada por el matrimonio, y como un oráculo advertía que al casarse se perdería a sí misma, impuso una condición cruel a sus pretendientes: quien la venciera en la carrera la tendría por esposa; quien fuera alcanzado por ella moriría junto a la pista. Aun así, muchos jóvenes llegaron atraídos por su belleza y su fama. Atalanta les daba ventaja y luego salía tras ellos como el viento de la montaña; junto a la meta caía un cuerpo tras otro. Hipómenes pensó al principio que aquellos pretendientes estaban locos, pero al ver a Atalanta sintió que el mismo deseo lo dominaba. Se inscribió para la carrera, y aunque ella intentó convencerlo de que se marchara mientras aún podía salvarse, él no quiso retroceder. Hipómenes sabía que sus piernas no bastarían y pidió ayuda a Afrodita. La diosa le entregó tres manzanas de oro y le enseñó a arrojarlas fuera de la pista. Cuando comenzó la carrera y Atalanta volvió una y otra vez a alcanzarlo, Hipómenes fue lanzando las manzanas una tras otra. Atalanta sabía que era una trampa, pero el brillo de los frutos y su propia vacilación la desviaron cada vez. La última manzana le costó la meta, e Hipómenes cruzó la línea con las últimas fuerzas, ganando el matrimonio según la regla que ella misma había fijado. Después de la victoria, sin embargo, Hipómenes olvidó cumplir su promesa a Afrodita. La diosa, ofendida por el olvido, hizo caer sobre los recién casados una confusión irresistible, y en un templo sagrado ellos olvidaron el respeto debido y ultrajaron a la divinidad del lugar. El castigo llegó sin demora: sus cuerpos se transformaron en leones, y ya no pudieron caminar juntos como marido y mujer humanos. Uncidos con correas, quedaron destinados a tirar lado a lado del carro de una diosa.
Cuando Atalanta nació, no la llevaron, como a otros niños, al calor de una casa. Su padre esperaba un hijo varón, y al ver que había nacido una niña, se llenó de disgusto. Ordenó entonces que abandonaran a la criatura en un monte salvaje.
El viento pasaba entre la hierba, y en la tierra húmeda quedaban marcadas las huellas de las fieras. Allí yacía la recién nacida, cada vez con menos fuerza para llorar. Pero no murió. Una osa salió del bosque, olfateó al bebé envuelto en sus pañales y no le hizo daño; al contrario, se echó a su lado y la alimentó con su propia leche.
Más tarde, unos cazadores encontraron a la niña en la montaña y la llevaron consigo para criarla. Atalanta creció entre árboles y riscos. Sus pasos eran más ligeros que los de un ciervo, y sus ojos distinguían a lo lejos el temblor de una hoja entre la hierba. Sabía tensar el arco, lanzar la jabalina, alcanzar a las bestias en plena carrera y saltar un arroyo sin mojarse la suela de las sandalias.
No le gustaban los telares de las habitaciones cerradas ni que otros decidieran por ella a qué hombre debía pertenecer. Prefería salir al alba con el carcaj a la espalda, atravesar pinares y laderas de piedra, y oír a los perros de caza ladrar delante de ella. Muchos hombres, al enterarse de su hermosura y de sus hazañas, acudieron a pedirla en matrimonio. Atalanta no aceptó a ninguno.
Unos decían que había oído un oráculo según el cual, si se casaba, se perdería a sí misma. Otros decían que le bastaba ver cómo muchas mujeres, después de la boda, quedaban encerradas en la casa del marido y ya no podían correr libres como antes. Fuera cual fuese la razón, Atalanta había tomado una decisión: si alguien insistía en desposarla, tendría que vencerla primero en aquello que ella hacía mejor que nadie.
Así anunció una condición cruel.
El pretendiente podría correr contra ella. Ella le concedería ventaja. Si él llegaba primero a la meta, Atalanta se casaría con él; si ella lo alcanzaba, el hombre moriría junto a la pista.
Aquella condición no espantó a todos.
Los jóvenes suelen confiar demasiado en sus piernas, y la belleza puede nublarles el juicio. Algunos llegaban de tierras lejanas, veían a Atalanta de pie al final de la pista, con una túnica ligera, el cabello recogido y una jabalina brillante en la mano, y se olvidaban de todas las advertencias.
La carrera se celebraba en una llanura abierta. A ambos lados se apiñaba la gente. El viento levantaba polvo, y el sol caía sobre el poste de la meta. Antes de partir, cada pretendiente se decía que aún tenía una oportunidad.
Atalanta no se apresuraba. Permanecía detrás de la línea de salida y veía cómo su rival se alejaba primero. Cuanto más corría él, más gritaba la multitud. Unos clamaban su nombre; otros rogaban a los dioses por él. Pero cuando Atalanta se inclinaba, apoyaba la punta del pie en el suelo y salía, el polvo saltaba tras sus talones.
No perseguía poco a poco. Cruzaba la hierba como el viento de la montaña. El hombre que corría delante oía sus pasos a la espalda, se sobresaltaba y perdía el ritmo. Antes de distinguir siquiera su sombra, Atalanta ya lo había rebasado por un lado. La meta seguía allí, pero él ya no llegaría jamás.
Uno caía, y luego otro. La tierra junto a la pista se tiñó de sangre una y otra vez. Y aun así, los que llegaban después veían a Atalanta y no encontraban fuerzas para marcharse.
Cuando Hipómenes llegó a aquel lugar, lo primero que vio fueron también aquellos cuerpos.
De pie entre la multitud, escuchó las reglas de la carrera y frunció el ceño. Miró a los jóvenes que todavía se inscribían y pensó que estaban ciegos: apostar la vida por una mujer no era valentía, sino locura.
Entonces Atalanta salió a la vista de todos.
No llevaba corona de reina ni un manto lujoso. Parecía una cazadora recién llegada del bosque. La luz del sol le tocaba el rostro; su expresión era serena, pero sus ojos brillaban. Al alzar la mano para arreglarse la cinta del cabello, los músculos de su brazo se tensaron apenas. Hipómenes la miró y no pudo decir una palabra.
El mismo hombre que un instante antes censuraba a los demás sintió arder en sí el mismo fuego.
Atalanta advirtió su mirada y volvió la cabeza hacia él. Vio a un joven hermoso, todavía no muy mayor, con asombro en los ojos y, al mismo tiempo, una obstinación que no quería retirarse. Algo se removió dentro de ella.
Había visto a demasiados hombres vanidosos. Pero aquel le inspiró un leve temor por su suerte. Deseó que no hablara, que no diera su nombre, que no se empujara a sí mismo hacia la muerte.
Pero Hipómenes ya avanzaba.
Cuando Hipómenes se inscribió para la carrera, un murmullo bajo recorrió la multitud.
Atalanta lo miró y no pudo contenerse:
“Eres joven. ¿Por qué vas a morir por mí? Vete de aquí. ¿No te bastan las muertes de otros para entenderlo?”
Hipómenes respondió:
“Si me retiro, viviré con vergüenza. Si venzo, te ganaré a ti; si caigo, al menos sabré por quién he corrido ese riesgo.”
Al oírlo, Atalanta se turbó aún más. No quería perder, pero tampoco quería verlo morir. Sin embargo, las reglas ya estaban dichas, y todos los ojos de la pista la observaban. No podía cambiarlas de repente.
Hipómenes no pensaba confiar solo en sus piernas. Sabía que Atalanta era prodigiosamente rápida y que, sin ayuda divina, no tenía ninguna posibilidad. Antes de la carrera, rogó a Afrodita, diosa del amor y la belleza, que lo auxiliara una sola vez.
Afrodita escuchó su plegaria. Desde lejos trajo tres manzanas de oro. No eran frutos comunes: redondas, pesadas, parecían guardar en su piel el resplandor del ocaso y del oro. La diosa se las entregó a Hipómenes y le indicó cómo debía usarlas durante la carrera.
Hipómenes escondió las tres manzanas en el pliegue de su túnica. Contra el pecho las sentía frías y pesadas, como tres oportunidades, o como tres apuestas de vida o muerte.
El día de la prueba acudió más gente que nunca. Unos querían ver vencer de nuevo a Atalanta; otros esperaban comprobar si aquel joven era capaz de obrar un milagro. Atalanta se colocó detrás de la línea de salida con el rostro más grave que de costumbre. Más de una vez miró a Hipómenes, como si aún esperara que en el último momento se arrepintiera.
Pero Hipómenes se limitó a ajustarse las sandalias y tomó su puesto por delante.
Sonó la señal, y echó a correr.
Hipómenes corría deprisa. El polvo se alzaba tras sus pies, y el viento le cortaba los oídos. No miraba atrás; solo oía los gritos de la gente, cada vez más altos.
Atalanta esperó como siempre. Cuando la distancia fue suficiente, comenzó la persecución.
Al principio, sus pasos eran tan leves que casi no se oían. Pero Hipómenes no tardó en sentir que un soplo se le acercaba por detrás. No era el ruido de un corredor corriente, sino el de la más ágil de las bestias del bosque saltando sobre las piedras. Atalanta lo estaba alcanzando.
Hipómenes apretó los dientes, sacó del pliegue de la túnica la primera manzana de oro y la arrojó en diagonal hacia un lado de la pista.
La manzana cayó sobre la hierba y rodó dejando una estela de luz.
Atalanta estaba ya a punto de alcanzarlo. Podría haber ignorado aquel fruto, pero su brillo era demasiado intenso, como si alguien hubiera dejado en el suelo un pequeño sol. Lo vio de reojo, y sus pasos vacilaron apenas.
Quizá pensó: solo inclinarme un momento no me retrasará demasiado.
Se desvió entonces de la pista y tendió la mano para recoger la manzana. Era pesada, y seguía brillando en su palma. Cuando volvió al camino, Hipómenes había ganado de nuevo cierta distancia.
La multitud estalló en gritos. Hipómenes no se atrevió a volver la cabeza. Sabía que aquel breve retraso no bastaría para salvarlo.
En efecto, Atalanta pronto volvió a acercarse.
Su respiración seguía firme, y sus pies corrían aún más veloces que antes. Parecía enojada por su propia vacilación y decidida a no darle otra ocasión. Hipómenes oyó sus pasos tan cerca que casi pudo imaginar su mano rozándole ya el hombro.
Entonces arrojó la segunda manzana de oro.
Esta vez el fruto rodó más lejos, hacia una hondonada al otro lado de la pista. Atalanta sabía que era una estratagema, y aun así sus pies se demoraron de nuevo. El resplandor entre la hierba parecía llamarla. Se mordió el labio, pero acabó volviéndose para recogerlo.
Hipómenes aprovechó ese instante brevísimo y corrió con todas sus fuerzas. El pecho le ardía, las piernas se le volvían cada vez más pesadas, y la garganta se le llenaba del sabor del polvo. La meta ya no estaba lejos, pero Atalanta había vuelto a lanzarse tras él.
En el tramo final, Hipómenes casi no oía a la multitud. Solo escuchaba los golpes de su propio corazón. Sabía que le quedaba una manzana, y sabía también que, si no lograba detenerla con ella, moriría antes de alcanzar la meta.
Atalanta estaba muy cerca.
Miraba la espalda del joven que corría delante, y su ánimo estaba más dividido que en ninguna otra carrera. Podía rebasarlo en seguida. Su cuerpo conocía la victoria: bastaban unos pasos más para adelantarlo, como tantas veces, y cruzar la meta primero. Pero recordaba la expresión con que él había hablado, y aquellos ojos que no se retiraban.
¿Quería vencer, o quería que él viviera?
Justo cuando Atalanta estaba a punto de pasar junto a Hipómenes, él lanzó la tercera manzana de oro.
Esta vez la arrojó con toda la fuerza que le quedaba. El fruto salió lejos, cayó en una pendiente cubierta de hierba fuera de la pista y rodó largo trecho antes de detenerse. El polvo se levantaba bajo los pies de Atalanta. Solo tenía que no hacerle caso, y la carrera sería suya. Pero en aquel instante el oro relampagueó ante sus ojos, y con él relampagueó también su duda.
Se volvió.
Corrió hacia la ladera, se inclinó y recogió la última manzana. Cuando regresó a la pista, Hipómenes ya se abalanzaba hacia la meta.
Casi no llegó corriendo, sino lanzándose con las últimas fuerzas que le quedaban. Los gritos de la multitud estallaron de pronto. Hipómenes cruzó la línea, dio unos pasos tambaleantes y tuvo que apoyarse en el poste para no caer.
Atalanta llegó después. Había perdido.
Permaneció junto a la meta, con las tres manzanas de oro en la mano, el pecho agitado y sudor en la frente. No se enfureció ni huyó. Miró a Hipómenes como si hubiera sabido desde antes que aquel momento llegaría, aunque no supiera qué sentiría cuando llegara.
Hipómenes se volvió hacia ella. Estaba pálido, con la túnica desordenada, pero seguía vivo ante sus ojos.
Según la regla que ella misma había pronunciado, debía casarse con él.
Hipómenes ganó a Atalanta y ganó también el asombro de todos los presentes. Junto a la pista no hubo un nuevo muerto, y aquellos que habían acudido a ver sangre tuvieron que admitir que aquella victoria no se había logrado por simple fuerza.
Atalanta partió con Hipómenes. No fue arrastrada con cadenas ni bajó la cabeza llorando como un botín de guerra. Seguía siendo la mujer capaz de correr más que los hombres; solo que, desde aquel día, a su lado caminaba alguien que había arriesgado la vida por alcanzarla.
Pero Afrodita, que había ayudado a Hipómenes, no recibió el agradecimiento que se le debía.
En la alegría de la victoria y de las bodas, Hipómenes olvidó cumplir su promesa. Las tres manzanas de oro le habían salvado la vida y le habían dado esposa, pero él no llevó incienso ni ofrendas al altar de la diosa. Los dioses pueden conceder favores, pero también recuerdan los descuidos de los mortales.
Afrodita se sintió ofendida y dejó caer sobre la joven pareja una niebla de deseo y extravío.
Tiempo después, Hipómenes y Atalanta llegaron a un templo sagrado. Aquel lugar exigía silencio y respeto; ante el altar no debían cometerse actos ligeros. Pero ellos, empujados por el deseo, olvidaron el temor debido a lo divino e hicieron dentro del santuario lo que no debía hacerse.
La divinidad dueña del templo fue ultrajada. La cólera sagrada descendió, y el castigo no tardó.
Las manos de Hipómenes comenzaron a endurecerse, y sus uñas se curvaron hasta volverse garras. Los hombros y la espalda de Atalanta se elevaron; sus vestidos se rasgaron, y su cabello rubio se transformó en una crin áspera. Quisieron llamarse por sus nombres, pero de sus gargantas solo salió un gruñido de fiera. Sus cuatro miembros cayeron al suelo, los dientes se les afilaron, y en sus ojos brilló una luz amarilla y desconocida.
Se convirtieron en dos leones.
Atalanta había sido más veloz que el viento, e Hipómenes había perseguido su destino con tres manzanas de oro. Pero al final ya no caminaron de la mano por los caminos de los hombres. Fueron uncidos con correas y obligados a tirar del carro de la diosa. Y cuando la gente veía avanzar juntos a los leones, recordaba aquella carrera: una muchacha que no quería casarse, un joven que se negó a retroceder, tres manzanas de oro rodando sobre la hierba y, con ellas, una vida entera de la que ninguno de los dos pudo regresar.