
Mitología griega
Ariadna, hija de Minos, ayuda a Teseo a sobrevivir al Laberinto y huye de Creta con él. Este relato se centra en su elección, su exilio, su abandono y su destino divino.
Ariadna ve a Teseo entre los cautivos atenienses y decide ayudarlo, aunque eso la enfrenta a su padre y a su patria. Le entrega el hilo que hace posible la salida del Laberinto, huye de Creta con los atenienses y más tarde queda abandonada en Naxos. Allí su historia sale de la sombra de Teseo y entra en la órbita de Dioniso.
En la isla de Creta, el palacio de Minos se alzaba grande y espléndido, con columnas pintadas, patios perfumados y bronces brillantes. Pero para los muchachos y doncellas venidos de Atenas aquel lugar no parecía un palacio, sino la puerta de una tumba.
Los condujeron ante el rey. Minos estaba sentado en lo alto y observaba a las víctimas que le habían traído. Teseo permanecía entre ellos, pero no bajaba la mirada. Había en su rostro una calma que lo distinguía de los demás jóvenes, dominados por el miedo.
Allí estaba también Ariadna, hija de Minos.
Cuando vio al joven ateniense, algo se agitó de pronto en su corazón. Teseo no tenía el aire de quien suplica, pero tampoco el de un hombre arrogante. Parecía alguien que ya había decidido afrontar un peligro y solo esperaba que le abrieran la puerta. Ariadna sabía qué clase de lugar era el Laberinto. Sabía también que nadie había vuelto jamás de allí. Al pensar que aquel joven desaparecería muy pronto entre tantas paredes de piedra, sintió que el ánimo se le turbaba.
Por la noche, cuando el palacio quedó en silencio y las antorchas crepitaban suavemente en los corredores, Ariadna buscó a Teseo a escondidas.
—¿De verdad quieres matar al Minotauro? —le preguntó en voz baja.
—A eso he venido —respondió Teseo.
—Matarlo no bastará —dijo Ariadna—. El Laberinto es más difícil de vencer que el monstruo. Cuando Dédalo lo construyó, hizo que los pasadizos se enlazaran unos con otros. Entras, doblas unas cuantas esquinas, y el camino que dejaste atrás parece no haber existido nunca. Aunque el monstruo caiga, morirás de hambre dentro.
Teseo la miró sin responder.
Ariadna sacó de entre sus ropas un ovillo de hilo y le entregó también una espada afilada. El ovillo era pequeño, pero pesaba en la mano como si encerrara un sendero capaz de devolver a un hombre desde la muerte.
—Cuando entres, ata un extremo del hilo a la entrada —le explicó—. A cada paso, deja que el hilo se desenrolle. Después de matar al monstruo, vuelve siguiéndolo. Pero debes prometerme una cosa.
—¿Qué cosa?
—Llévame contigo fuera de Creta.
Al pronunciar esas palabras, Ariadna quizá supo que ya no podía volver atrás. Traicionaba el palacio de su padre, su isla y todo aquello que había conocido desde niña. Aun así permaneció allí, de pie, y puso el ovillo en manos de Teseo.
Teseo lo sostuvo y le juró:
—Si salgo vivo, te llevaré conmigo.
Ariadna dio a Teseo la forma práctica de la esperanza: una espada para el monstruo y un ovillo de hilo para el laberinto. La muerte del Minotauro pertenece al relato propio de Teseo. Para Ariadna, el momento decisivo fue otro: eligió confiar en el extranjero, romper el silencio del palacio de su padre y atar su futuro a la línea que puso en sus manos.
Ariadna ya los esperaba allí.
La nave ateniense reposaba junto al mar, y la vela negra temblaba suavemente con el viento nocturno. Los marineros cortaron a toda prisa las amarras y hundieron los remos en el agua. Algunos decían que, para impedir que los cretenses los alcanzaran de inmediato, Teseo dañó los aparejos de varias naves del puerto, de modo que los perseguidores no pudieran hacerse a la mar enseguida.
Ariadna volvió la vista una vez hacia la costa de Creta. A lo lejos todavía ardían las luces del palacio, y su padre no sabía aún que su hija se había marchado. En aquella mirada había miedo, pero también decisión. Subió a bordo y se colocó junto a Teseo.
Cuando la nave se separó de tierra, el agua golpeó el casco. Creta se hundió poco a poco en la oscuridad. Los muchachos y doncellas de Atenas permanecían sentados en la nave, incapaces todavía de creer que habían escapado. Unos abrazaban sus rodillas y temblaban; otros murmuraban plegarias a los dioses. Teseo estaba de pie en la proa, mirando el mar que se abría delante. Ariadna, no muy lejos, tenía las manos vacías: el ovillo ya había cumplido su misión.
Navegaron hasta llegar a Naxos. La isla tenía laderas, playas y un viento de amanecer que movía la hierba silvestre. Todos bajaron a descansar, y el cansancio venció pronto a los fugitivos. Ariadna también se quedó dormida. Después de aquella noche de huida, creyó que al despertar vería todavía la nave y al joven que le había jurado llevarla consigo.
Pero desde la orilla llegó el rumor de los remos.
Cuando abrió los ojos, la nave ya se alejaba. En el mar solo quedaba la silueta de una vela que se perdía a lo lejos. Teseo se había marchado. Las antiguas tradiciones no explicaban de una sola manera por qué dejó a Ariadna en Naxos: unos decían que su amor había cambiado; otros, que los dioses no le permitieron llevársela; otros, que Dioniso ya había puesto sus ojos en la princesa. Con el paso del tiempo, lo que más recordaron los hombres fue aquel instante en que Ariadna despertó.
Estaba de pie en una playa vacía. A su alrededor no había palacio cretense ni nave ateniense. Las olas subían una y otra vez por la arena y volvían al mar. Ella llamó el nombre de Teseo, pero solo le respondió el viento.
Ariadna lloró junto a la orilla. Por Teseo había abandonado a su padre; por los atenienses había abierto un camino hacia la vida; y ahora ella misma quedaba sola en una isla desconocida. Miraba el mar lejano, y sentía en el pecho como si aquel antiguo hilo se hubiera vuelto contra ella y la envolviera cada vez más apretado.
Entonces, en la isla, sonó otra clase de ruido.
No era el batir de remos ni el paso de perseguidores, sino tambores, flautas y gritos de júbilo. Entre las laderas apareció un cortejo: sus acompañantes llevaban tirsos en las manos y coronas de hiedra en la cabeza. En medio de ellos venía Dioniso. Vio a Ariadna y se acercó.
Para Ariadna fue como si el destino, de pronto, hubiera abierto otro sendero en la oscuridad. Había perdido su patria y también la promesa de Teseo, pero no quedó abandonada para siempre en aquella isla. Dioniso la consoló y la tomó por esposa. Más tarde se contó incluso que el dios alzó su corona hasta lo alto y la transformó en luz de estrellas. Desde entonces, cuando alguien mira de noche aquella guirnalda brillante en el cielo, puede recordar a la princesa que fue abandonada en la playa de Naxos y luego acogida por un dios.
Teseo, entretanto, siguió rumbo a Atenas.
Había matado al Minotauro y había salvado a los jóvenes de su ciudad, pero olvidó aquello que más importaba a su padre. Al partir de Atenas había prometido que, si regresaba sano y salvo, cambiaría la vela negra por una blanca. Sin embargo, por el desorden de la nave o por el peso de sus pensamientos, la vela negra siguió izada en el mástil.
Egeo subía cada día a un alto junto al mar y miraba el horizonte. Al fin vio una nave que regresaba. Se acercaba cada vez más, pero su vela seguía siendo negra. El anciano rey creyó que su hijo había muerto en Creta, y el dolor lo venció. No esperó a que el barco tocara tierra: se arrojó al mar.
Cuando Teseo llegó a Atenas, su victoria ya venía mezclada con la pena. El Minotauro había muerto; la deuda de sangre con Creta había terminado; los hijos de Atenas no volverían a ser llevados por la nave de velas negras. Pero Ariadna había quedado en Naxos, y Egeo se había hundido en el mar. Así, al final, este relato no conserva solo el triunfo de un héroe, sino también lo que el viento marino no deja de susurrar: los encuentros perdidos y el precio de toda hazaña.