
Mitología griega
La Argo atraviesa rutas marinas peligrosas y por fin entra en el río Fasis, en la Cólquide. Jasón acude con sus compañeros al palacio del rey Eetes para pedir el vellocino de oro, pero el monarca le impone una prueba de la que casi nadie podría salir con vida.
Tras una larga navegación, los argonautas divisan el Cáucaso y la desembocadura del Fasis. Hacen avanzar la nave río adentro, ofrecen sacrificios a los dioses y deliberan sobre cómo presentarse ante Eetes, rey de la Cólquide, pues el vellocino de oro cuelga en un bosque sagrado de aquella tierra, custodiado por un dragón que nunca duerme. Jasón no quiere desembarcar con las armas en la mano. Entra en la ciudad con Telamón, Augías y algunos hijos de Frixo, decidido a pedir primero con palabras que el rey entregue el vellocino. La ciudad de la Cólquide les parece espléndida y extraña; en el palacio viven Eetes, la reina Idía, su hija Calcíope y Medea. Los hijos de Frixo son reconocidos por sus parientes, y por un momento el palacio se llena de llanto y alegría. Pero cuando Eetes oye que aquellos griegos han venido por el vellocino de oro, su semblante cambia al instante. Sospecha que no buscan solo un tesoro, sino que acechan su trono y su tierra. Jasón contiene la ira y promete que, si se le permite llevarse el vellocino, servirá al rey en la guerra o en cualquier empresa. Entonces Eetes le pone una condición: Jasón deberá uncir él solo unos toros de pezuñas de bronce que exhalan fuego, arar el campo de Ares, sembrar dientes de dragón y matar a los guerreros que broten de la tierra. Solo entonces los héroes comprenden que llegar a la Cólquide no era el final del viaje: el verdadero peligro acaba de ponerse ante ellos.
La Argo había navegado durante mucho tiempo.
Los héroes habían pasado entre las rocas que se cerraban una contra otra, habían oído las olas bramar bajo los costados de la nave como bestias enfurecidas, y se habían detenido en costas desconocidas para enterrar a compañeros muertos. Ahora, ante la proa, el color del mar empezaba a aclararse. A lo lejos, una sombra de montañas emergía de la bruma como un muro azul oscuro tendido sobre el horizonte. Era el Cáucaso. A sus pies, un gran río desembocaba en el mar: sus aguas eran anchas y turbias, la boca estaba cubierta de juncos, y las aves acuáticas levantaban el vuelo desde los bajíos para volver a posarse poco después.
Tifis sostenía el timón y ordenó a los marineros tensar los cabos de las velas. Los remeros inclinaron la espalda y, golpe tras golpe, metieron la nave en la desembocadura. La Argo remontó el Fasis; el rumor del mar fue quedando atrás, sustituido por el chapoteo del río contra las orillas. A ambos lados crecían árboles espesos, con ramas tan bajas sobre el agua que parecían querer ocultar aquella embarcación extranjera.
Jasón estaba de pie en la proa, mirando la tierra extraña. Sabía que allí se hallaba lo que habían venido a buscar.
El vellocino de oro había pertenecido al carnero divino sobre el que Frixo huyó de Grecia. Cuando Frixo llegó a la Cólquide, sacrificó el animal a Zeus, y la piel dorada fue colgada en el bosque sagrado de Ares. Se decía que allí la guardaba un dragón insomne, enroscado junto al árbol, con los ojos siempre abiertos. Jasón había dejado su patria y se había lanzado al mar para llevar aquel vellocino de vuelta a Yolco y reclamar a Pelias el trono que por derecho debía pertenecerle.
Pero precisamente ahora, al llegar tan lejos, no podía obrar con temeridad.
La Argo se detuvo en un recodo del río. Los héroes ataron los cabos a las raíces de los árboles de la orilla y, según la costumbre antigua, ofrecieron sacrificios a los dioses, rogando a Hera, a Atenea y a las divinidades que los habían conducido hasta allí que siguieran protegiéndolos. El humo subió desde un altar improvisado, mezclado con el olor húmedo del barro de la ribera. Unos limpiaban sus lanzas, otros revisaban los escudos, y algunos miraban en silencio hacia la ciudad lejana.
Telamón, de ánimo impetuoso, pensaba que, puesto que ya habían alcanzado la Cólquide, debían ir armados y tomar el vellocino. Jasón, sin embargo, no aceptó de inmediato. Reunió a sus compañeros y dijo:
—Hemos venido desde muy lejos. Si al poner pie en tierra nos lanzamos como ladrones contra el país de otro, todos aquí tomarán las armas contra nosotros. Dejadme hablar primero con Eetes y explicarle por qué hemos venido. Si consiente en entregarnos el vellocino, no hará falta teñir de sangre el río; si se niega, entonces pensaremos otro camino.
Aunque estaban inquietos, los demás reconocieron que hablaba con prudencia.
Jasón escogió entonces a unos pocos para acompañarlo. Telamón era fuerte y valiente, incapaz de retroceder ante el peligro. Augías, según se decía, pertenecía como Eetes al linaje de Helios, y su presencia quizá haría al rey algo más favorable. También fueron con ellos varios hijos de Frixo, nietos por su madre de la casa real de la Cólquide; los argonautas acababan de rescatarlos de un naufragio, y ellos podían servir de guías a los recién llegados.
Los demás héroes permanecieron junto a la nave, custodiando la Argo y las armas.
Jasón y los suyos dejaron la orilla y tomaron el camino que llevaba a la ciudad.
La Cólquide no se parecía a los puertos griegos que conocían. El aire era húmedo, los canales cruzaban la llanura, los campos se extendían amplios, y a lo lejos se distinguían rebaños de vacas y caballos. La gente vestía ropas de cortes extraños; al oír los pasos de los extranjeros, muchos dejaban sus labores y miraban fijamente a aquellos griegos armados con espadas y lanzas.
Cuanto más se acercaban a la ciudad, más llano y cuidado se volvía el camino. Pronto apareció ante ellos el palacio de Eetes. Sus muros eran altos, y las columnas de las puertas y las vigas relucían con brillo metálico. En el patio corría agua clara, y la sombra de los árboles cubría los peldaños de piedra. Se contaba que aquella casa poseía la magnificencia propia de la sangre de Helios, de modo que cualquiera que la viera comprendía que su dueño no era un rey común.
Los hijos de Frixo iban delante. Hacía años que se habían alejado de aquella casa y, tras su deriva por el mar, aún llevaban en la ropa el polvo del viaje. Los guardianes de la puerta los reconocieron y corrieron asombrados hacia el interior. Poco después, la noticia llegó a las habitaciones de las mujeres, y Calcíope fue la primera en salir.
Era la esposa de Frixo y madre de aquellos jóvenes. Los había creído muertos en el mar, y al verlos de pronto ante la puerta se quedó un instante sin palabras. Luego se precipitó hacia ellos, los abrazó, y su llanto resonó por las galerías del palacio. También salió la reina Idía, mientras las criadas se reunían alrededor, entre el estupor y la alegría.
Aquel reencuentro disipó por un momento la hostilidad hacia los extranjeros. Los condujeron al interior, les trajeron agua para lavarse el polvo del camino y dispusieron comida ante ellos. Jasón tomó asiento entre los huéspedes, pero sus ojos observaban en silencio cuanto lo rodeaba. Sabía que aún no había hablado el hombre que decidiría su destino.
Entonces llegó Eetes.
El rey de la Cólquide tenía porte imponente y mirada aguda. Era hijo de Helios, y llevaba consigo una autoridad que hacía difícil tratarlo con ligereza. Al ver a sus nietos de vuelta y sanos, les preguntó cómo habían escapado del naufragio y de qué manera habían encontrado a aquellos griegos. Los hijos de Frixo contaron lo sucedido: habían zarpado de la Cólquide, una tormenta había destrozado su nave en medio del viaje, y casi habían perecido en el mar, hasta que la Argo pasó por allí y les salvó la vida.
Al oírlo, Eetes inclinó la cabeza hacia Jasón y sus compañeros, reconociendo aquella deuda.
Pero su mirada no terminó de suavizarse.
Cuando el banquete estuvo servido, Jasón comprendió que no podía demorarse más. Se puso en pie y declaró ante Eetes su linaje: venía de Yolco y era hijo de Esón. Pelias había arrebatado el trono que debía devolver y le había ordenado navegar hasta la Cólquide para traer de regreso el vellocino de oro. Él no había venido a saquear la ciudad ni a hacer daño al pueblo de la Cólquide; solo pedía al rey que le entregara aquella piel para llevarla a su patria.
Habló sin servilismo y sin soberbia. Para tranquilizar al rey, añadió que, si Eetes accedía a concederles lo que pedían, los argonautas podrían ayudarlo en la guerra, combatir a sus enemigos y pagar así el favor recibido.
El palacio quedó en silencio.
El vellocino de oro no era un tesoro cualquiera. Procedía de un carnero divino, colgaba en el bosque sagrado de Ares y formaba parte de la gloria de la casa real de la Cólquide. Para Jasón era la esperanza de volver a casa; para Eetes, en cambio, era como una llama que ardía junto a su poder, y cualquiera que extendiera la mano hacia ella parecía esconder una traición.
El rostro de Eetes se fue ensombreciendo. En cuanto oyó las palabras “vellocino de oro”, la sospecha se encendió en su ánimo. No creía que aquel joven llegado de lejos solo obedeciera una orden. Pensaba que los héroes griegos habían traído toda una nave de guerreros fuertes hasta el Fasis y que, aunque hablaban de súplicas, quizá pretendían arrebatarle primero su tesoro y después su reino.
Su voz se enfrió.
—Si no hubierais salvado a mis nietos, pagaríais ahora mismo por palabras como esas. Dices que eres un héroe y que estás dispuesto a servirme. Pues bien: deja que vea primero de qué eres capaz.
Telamón oyó el desprecio en aquellas palabras, y su mano casi se posó sobre la empuñadura de la espada. Jasón lo detuvo con una mirada y permaneció de pie ante la mesa, sin retroceder.
Entonces Eetes expuso sus condiciones.
En el campo de Ares había dos toros de pezuñas de bronce. No eran animales de labranza comunes: sus narices despedían llamas, y su aliento ardía como el fuego de una fragua; quien se acercaba demasiado quedaba abrasado. Jasón debía ponerles el yugo con sus propias manos y hacer que arasen una parcela de tierra dura. Después tendría que sembrar en el surco unos dientes de dragón. En cuanto los dientes tocaran la tierra, brotarían guerreros armados con coraza y lanza. Jasón debería matarlos a todos, él solo.
—Si logras hacerlo todo en un solo día —dijo Eetes—, te entregaré el vellocino de oro. Si no, no vuelvas a hablar de ello.
Cuando terminó de hablar, todos en el palacio comprendieron que aquello no era una prueba de valor impuesta a un huésped, sino una sentencia de muerte.
El fuego de los toros de pezuñas de bronce podía chamuscar la carne de un hombre, y los guerreros nacidos de los dientes de dragón se alzarían de inmediato con las lanzas listas para matar. Un joven extranjero, por buena que fuese su espada y firme su mano, difícilmente saldría vivo de aquel campo.
Pero en aquel momento había otra persona en el palacio que escuchaba cuanto se decía.
Era Medea, hija de Eetes. Era joven, pero ya conocía las hierbas y los encantamientos; servía a la diosa Hécate y sabía qué raíces, recogidas de noche, podían calmar el dolor, y qué jugos hacían caer a un hombre en el sueño. De ordinario no se detenía mucho ante varones desconocidos, pero aquel día vio a Jasón de pie en la sala, oyó a su padre imponerle un camino de muerte, y de pronto sintió que el corazón se le turbaba.
También los dioses movían los hilos en la sombra. Hera y Atenea no querían que Jasón pereciera inútilmente en la Cólquide, y acudieron a pedir ayuda a Afrodita. Afrodita, a su vez, hizo que el pequeño Eros lanzara una flecha contra Medea. Aquella flecha no produjo sonido, pero fue más poderosa que una llama viva. Medea miró a Jasón y sintió como si algo le golpeara el pecho; unas veces palidecía, otras se ruborizaba. Quería apartar los ojos, pero no podía evitar volver a mirarlo.
Jasón no sabía nada de todo aquello. Solo veía la ira del rey, la tensión en el rostro de sus compañeros y a muchos dentro del palacio esperando que mostrara miedo.
No rechazó la prueba.
Guardó silencio un momento y dijo:
—Acepto. Si esa es la condición para obtener el vellocino de oro, la cumpliré.
Aquellas palabras hicieron que el ánimo de sus acompañantes se hundiera. Telamón y Augías sabían que una promesa así casi equivalía a entregar la vida. Pero ante Eetes no podían mostrar alarma; solo les quedaba levantarse con Jasón y retirarse de la sala.
Eetes los vio marchar, todavía encendido de cólera. Ya había tomado una decisión: aunque Jasón, por algún azar, venciera a los toros y a los guerreros nacidos de la tierra, no permitiría fácilmente que aquellos extranjeros se llevaran el vellocino.
Cuando Jasón y los suyos salieron del palacio, la oscuridad ya descendía.
Los muros, que durante el día habían brillado con fuerza, quedaban ahora apagados bajo el crepúsculo, y en la ciudad se encendían una a una las antorchas. A lo lejos, el Fasis ya no mostraba el color de sus aguas; solo se oía el fluir ancho del río en la noche. Jasón caminaba sin decir palabra. Solo cuando dejaron atrás a la gente, Telamón habló en voz baja:
—Esto no es un pacto justo. Quiere que mueras en ese campo.
Jasón lo sabía.
Pero ya estaba en la Cólquide, ya se había presentado ante Eetes y había formulado su petición. Si retrocedía entonces, todos los sufrimientos de la Argo habrían sido en vano: los compañeros muertos, las tormentas del mar, el paso terrible entre las rocas que chocaban, todo quedaría sin fruto.
También los hijos de Frixo estaban sombríos. Conocían aquella tierra y sabían que el campo de Ares y aquellos dos toros que exhalaban fuego no eran una fábula para asustar. Los toros verdaderamente lanzaban llamas por las narices, y cuando sus pezuñas de bronce golpeaban el suelo, hasta las piedras temblaban. En cuanto a los guerreros nacidos de los dientes de dragón, ningún esfuerzo humano parecía bastar contra ellos.
Al regresar a la orilla, los argonautas se agruparon de inmediato a su alrededor. Cuando oyeron las condiciones de Eetes, unos se llenaron de ira, otros callaron, y algunos propusieron tomar el vellocino de noche y huir sin demora. Pero el bosque sagrado donde colgaba el vellocino estaba guardado por un dragón, y los soldados de la Cólquide no eran enemigos débiles. Obrar a ciegas solo haría que la Argo quedara atrapada en un cerco.
Jasón miró las aguas oscuras del río. El casco de la nave se mecía suavemente; la corriente tiraba de los cabos, tensándolos y aflojándolos una y otra vez. A lo lejos, la ciudad real parecía un fuego agazapado en la noche, aguardando el momento de verlo entrar al día siguiente en el campo de la muerte.
Aquella noche, los argonautas comprendieron al fin que habían llegado a la Cólquide, pero aún no habían obtenido nada. El vellocino de oro seguía colgado en lo profundo del bosque de Ares, y el dragón insomne permanecía enroscado bajo el árbol. Eetes había tendido una prueba mortal. Y dentro del palacio, Medea, herida por una flecha invisible, tampoco podía hallar descanso.
Así, el término del largo viaje se convirtió en un nuevo peligro. Si Jasón quería llevarse el vellocino de oro, primero tendría que sobrevivir al día siguiente en la tierra de la Cólquide.