
Mitología griega
Para recuperar el vellocino de oro, Jasón se ve obligado a reunir héroes de toda Grecia, construir la gran nave Argo y emprender la larga travesía hacia la Cólquide. Los guerreros acuden desde tierras lejanas; cuando los remos caen por primera vez en el mar, comienza la expedición de los argonautas.
En la ciudad de Yolco, Pelias había usurpado el trono, pero vivía inquieto por una profecía: un hombre calzado con una sola sandalia le traería la ruina. Un día llegó Jasón, y en efecto llevaba un pie calzado y el otro desnudo. Pelias no se atrevió a matarlo allí mismo; fingió entonces que le devolvería el reino si viajaba hasta la remota Cólquide y traía de vuelta el vellocino de oro.
Yolco se alzaba junto al mar. Más allá de la ciudad había montes, y bajo los montes se extendían llanuras; desde su puerto, las naves podían partir hacia costas lejanas. En aquel tiempo gobernaba allí Pelias. Ocupaba el trono, pero no tenía el corazón en paz, porque aquel poder no le había llegado sin disputa.
Desde hacía mucho se repetía en la casa real de Yolco una profecía: un día se presentaría ante Pelias un hombre calzado con una sola sandalia, y ese hombre sería peligroso para él. Pelias no olvidaba esas palabras. En los sacrificios, en los banquetes, en los mercados, no podía evitar mirar los pies de la gente, como si la desgracia fuera a entrar por la puerta de la ciudad apoyada en un pie desnudo.
Un día, Jasón regresó.
Era hijo de linaje real, pero de niño lo habían apartado de su casa y entregado al centauro Quirón para que lo criara. Quirón vivía en los bosques de la montaña; conocía las artes de la medicina, la caza y la música, y también sabía enseñar a un muchacho a empuñar la lanza, domar caballos y distinguir las hierbas útiles. Cuando Jasón creció y supo que su familia había sido oprimida en Yolco, dejó la montaña y tomó el camino de la ciudad.
En el viaje llegó a un río de corriente impetuosa. En la orilla estaba una anciana, con la ropa pegada al cuerpo por el viento, como si no se atreviera a entrar en el agua. Jasón, al verla vieja y desamparada, se inclinó para que subiera a su espalda, y avanzó hacia la otra orilla pisando con cuidado las piedras del fondo. El río corría con violencia; el barro y la arena le golpeaban los tobillos. Al llegar al centro, una sandalia se le soltó y fue arrastrada por la corriente. Jasón no se detuvo a buscarla: se preocupó solo de llevar a la anciana sana y salva hasta tierra firme.
Pero aquella anciana no era una mortal. Era Hera. Y la diosa no olvidó al joven que la había ayudado.
Así entró Jasón en Yolco: con una piel de animal sobre los hombros, una lanza en la mano, un pie calzado y el otro desnudo, todavía manchado con el barro del río. Al verlo, los habitantes de la ciudad se detuvieron. Pelias también lo vio, y sintió que el ánimo se le hundía; pero no actuó de inmediato.
Mandó llamar a Jasón y, fingiendo calma, le preguntó:
—Si supieras que alguien está destinado a hacerte daño, ¿qué harías con él?
Jasón no advirtió la trampa y respondió:
—Lo enviaría a buscar el vellocino de oro a la Cólquide.
Aquello era justo lo que Pelias quería oír. La Cólquide quedaba lejos, al extremo del mar Negro, y el camino pasaba por aguas desconocidas y costas salvajes. Además, el vellocino de oro no era un tesoro guardado en una casa: colgaba en un bosque sagrado y lo custodiaban guardianes temibles. Entonces Pelias dijo:
—Ya que eso has dicho, ve tú mismo. Tráeme el vellocino de oro, y te devolveré lo que te pertenece.
Jasón comprendió al instante que no se trataba de un simple encargo, sino de una sentencia de muerte disfrazada. Pero las palabras ya habían sido pronunciadas, y no podía retroceder ante todos. Decidió entonces convocar a los hombres más valientes de Grecia y hacerse a la mar con ellos.
Para viajar tan lejos, primero hacía falta una buena nave.
Jasón llamó al constructor Argos. Argos sabía escoger la madera, alisar los tablones, reforzar la quilla y disponer los huecos de los remos con exactitud. Los troncos fueron llevados desde los montes hasta la costa; las hachas golpearon la madera, las virutas cayeron al suelo, y el olor de la resina y de los tablones recién cortados se mezcló con el viento marino.
Atenea también ayudó en secreto. La diosa veló por la forma de la nave, para que no fuera una barca de pescadores ni un pequeño barco de cabotaje, sino una embarcación capaz de llevar a muchos héroes a través de un mar inmenso. El casco era ancho, el vientre firme, y cuando el mástil se alzó pareció un árbol plantado sobre las aguas. Lo más extraordinario era la pieza de roble incrustada en la proa: venía del bosque sagrado de Dodona, consagrado a Zeus, y se decía que aquella madera podía hablar para advertir a los navegantes de los peligros que se acercaban.
Cuando la nave estuvo terminada, la llamaron Argo, por el nombre de su constructor.
La noticia se extendió pronto. Mensajeros recorrieron los caminos, atravesaron ciudades, valles y puertos, y llevaron a los guerreros célebres el llamamiento de Jasón: quien quisiera subir al Argo y navegar hasta la lejana Cólquide en busca del vellocino de oro, debía acudir a Yolco.
No era una invitación ligera. Todos sabían que aquel viaje podía no tener regreso. Pero precisamente por eso muchos sintieron encenderse su deseo. Los héroes de aquel tiempo anhelaban que su nombre permaneciera en boca de los hombres. Una vida podía pasar entre caballos, vino y campos heredados; pero seguir al Argo por el mar, contemplar lugares que pocos mortales habían visto y vencer enemigos a los que nadie se atrevía a acercarse, era escoger otro destino.
El primero en atraer todas las miradas fue Heracles.
Era alto, de hombros tan anchos como pilares, y solía llevar en la mano su pesada maza. La piel de león que cubría su cuerpo se movía con sus pasos, como si hubiera traído al puerto la fiereza de la bestia vencida. A su lado caminaba el joven Hilas, de rostro hermoso, que le cuidaba el arco y el odre de agua y lo seguía como un hermano menor.
También llegaron los Dioscuros: Cástor y Polideuces. Uno era famoso por su dominio de los caballos; el otro, por la fuerza de sus puños. Venían de Laconia, con paso ágil y ojos brillantes. Los muchachos del muelle, al verlos de lejos, murmuraban entre sí, porque su fama ya corría por muchas tierras.
Orfeo subió también a bordo. No era como otros héroes, cuyo renombre nacía de la lanza o de la espada. Él llevaba una lira, y cuando sus dedos tocaban las cuerdas, todos a su alrededor callaban. Decían que su canto podía aquietar los árboles y hacer que hasta las piedras quisieran escucharlo. Jasón sabía que una travesía larga no necesitaba solo brazos fuertes: también hacía falta alguien capaz de serenar los ánimos y apaciguar las disputas.
Llegaron además Zetes y Calais, hijos del viento Bóreas, con tobillos ligeros como el aire y alas sutiles a la espalda; también Argos, el constructor de la nave, se unió al viaje, para reparar el barco si sufría daños. Acudieron los adivinos Mopso e Idmón, capaces de leer la voluntad divina en el vuelo de las aves, el humo de los sacrificios y las imágenes de los sueños. Idmón incluso sabía que quizá no volvería vivo de aquella empresa, y aun así se puso entre los compañeros.
Llegaron Meleagro, Peleo, Telamón, Anceo, Augías, y muchos otros nombres se reunieron junto al Argo como estrellas alrededor de una misma luz. Cada uno tenía su patria, sus padres, sus enemigos y su gloria; ahora dejaban todo eso por un tiempo en la orilla y llevaban consigo solo sus armas, sus mantos, sus odres de vino y un corazón que no estaba dispuesto a retroceder.
El puerto se fue llenando de actividad. Unos afilaban puntas de lanza; otros revisaban los mangos de los remos; otros cargaban en la nave provisiones secas, pellejos, cántaros de agua y ofrendas para los dioses. El bronce resonaba al chocar, los relinchos de los caballos llegaban desde lejos, y las mujeres, bajo los aleros de las casas, miraban a sus parientes preparar el equipaje. Jasón iba y venía entre todos, anotando quién había llegado, quién seguía en camino, y disponiendo los asientos dentro de la nave.
Reunir a tantos héroes famosos en un solo barco era ya una empresa difícil. A ninguno le faltaba valor, ni tampoco orgullo. Si nadie los dirigía, tal vez antes de zarpar acabarían disputando por los asientos, el honor o las órdenes.
Así que deliberaron sobre quién debía ser el jefe. La fuerza de Heracles no tenía igual, y muchos pensaban que a él le correspondía el primer puesto. Pero Heracles no aceptó. Dijo que la expedición la había iniciado Jasón, que la nave se había construido para la misión de Jasón, y que Jasón debía ser quien buscara el vellocino de oro. Al oírlo, todos reconocieron a Jasón como caudillo.
Jasón no alzó la voz para vanagloriarse. Sabía que a su lado estaban algunos de los hombres más grandes de Grecia, y que para conducirlos hasta el final no bastarían las órdenes. Prometió actuar en la travesía según el consejo común y ponerse al frente cuando llegara el peligro. Los héroes escucharon sus palabras y aceptaron su mando.
Antes de partir, Jasón volvió a ver a su madre.
La casa no tenía el bullicio del puerto. En el interior había menos luz; junto a la puerta seguían las piedras familiares, y en la pared colgaban los utensilios de todos los días. Cuando la madre de Jasón vio entrar a su hijo armado, comprendió que no venía a quedarse un tiempo, sino a despedirse.
Le tomó las manos y le preguntó si no podía renunciar al viaje. Conocía las intenciones de Pelias y sabía cuán lejos estaba la Cólquide. Para una madre, el vellocino de oro, el trono y la fama valen menos que ver al hijo vivo ante sus ojos. Pero Jasón no podía quedarse. Si lo hacía, admitiría que Pelias podía arrebatarlo todo para siempre; y si huía, su nombre quedaría manchado desde entonces.
Intentó consolarla. Le dijo que no partía solo, que muchos héroes navegarían con él y que los dioses protegerían una causa justa. Pero esas palabras no bastaban para calmar de verdad el corazón de su madre. Ella lo abrazó llorando, como si abrazara otra vez al niño que un día había tenido que enviar lejos.
Al despedirse, Jasón no volvió mucho la vista atrás. Temía que una sola mirada más le hiciera más difícil marcharse. Cuando regresó a la costa, el sol ya iluminaba los costados del Argo. La nave había sido empujada cerca del agua, y los remos se alineaban a ambos lados como una fila de alas a punto de abrirse.
Los héroes no embarcaron de inmediato. Primero levantaron un altar en la orilla y ofrecieron sacrificios a los dioses.
Condujeron un toro hasta la costa; el animal expulsaba vaho blanco por las narices. Lavaron las víctimas, esparcieron granos de cebada junto al fuego, y el vino cayó de las copas, humedeciendo la tierra. Jasón alzó las manos y rogó a Zeus, a Hera, a Atenea y a los dioses que protegen la navegación que velaran por aquella empresa: que la nave atravesara las tempestades, que los compañeros permanecieran unidos y que regresaran con el vellocino de oro.
Las llamas se elevaron. La grasa cayó en el fuego y chisporroteó brevemente. El humo subió hacia el cielo, y todos levantaron la mirada. Los adivinos atendieron al grito de las aves y a la forma de las llamas, buscando presagios para la travesía. Las señales no prometían un camino fácil, pero tampoco les prohibían partir. Una expedición como aquella no podía ser tranquila, y los héroes ya lo sabían.
Después del sacrificio, todos comenzaron a subir a bordo.
Cuando Heracles tomó asiento, la nave se hundió apenas bajo su peso, y los hombres cercanos rieron. Orfeo dejó la lira a su lado para que no la salpicara el mar. Cástor y Polideuces comprobaron sus puestos; los hijos del viento Bóreas alzaron la cabeza hacia el horizonte, como si ya olfatearan las corrientes lejanas. Jasón miró por última vez a la multitud reunida en la orilla y subió a la proa.
La nave seguía en aguas someras y había que empujarla entre todos. Los héroes se quitaron los mantos, entraron en el agua, apoyaron los hombros contra el costado y las manos contra el vientre del casco. La arena húmeda cedía bajo sus pies; las olas les golpeaban las piernas. Al principio el Argo parecía resistirse con todo su peso. Luego la quilla resbaló, la madera crujió al rozar, y el barco avanzó lentamente. Con un último esfuerzo, por fin quedó flotando.
Los hombres saltaron a bordo y tomaron los remos.
Entonces Orfeo pulsó las cuerdas de su lira. Su sonido claro se abrió sobre el mar y cubrió los llantos y las voces de la orilla. Los remeros se movieron al compás del canto: la primera hilera de remos entró en el agua y levantó espuma blanca; la segunda siguió, y la nave se estremeció hacia delante, alejándose más de tierra.
En la costa, la gente agitaba las manos. Unos llamaban a sus esposos, otros a sus hijos, y otros permanecían en silencio, mirando. El viento marino dispersó aquellas voces. Jasón, de pie en la nave, vio cómo las casas de Yolco se volvían cada vez más pequeñas y cómo las sombras de los montes se retiraban en la distancia.
El Argo avanzó sobre la superficie del mar. La madera sagrada de la proa miraba hacia delante, como si contemplara un camino que ningún hombre había recorrido hasta el final. Las sombras de los héroes caían sobre la cubierta, y el ritmo de los remos abría el agua golpe tras golpe.
Desde aquel instante ya no fueron solo guerreros de sus respectivas patrias, sino compañeros de una misma nave. El Argo dejó atrás Yolco y llevó consigo el deseo de Jasón, la intriga de Pelias, las lágrimas de una madre y la fama de todos aquellos héroes, rumbo a la lejana Cólquide.