
Mitología griega
El joven Apolo llega con su arco de plata a las faldas del monte Parnaso, mata a la gran serpiente Pitón, que dominaba la fuente sagrada, y funda allí su propio santuario oracular. Desde entonces, Delfos se convierte en el lugar al que los hombres acuden para consultar la voluntad divina, y el nombre de Pitón perdura en los nombres de Pito y de la Pitia.
El joven Apolo salió con su arco de plata en busca de un santuario propio y llegó a las fuentes y al valle del monte Parnaso. Aquel lugar podía recibir un altar, pero la gran serpiente Pitón lo ocupaba y mantenía alejados a pastores y viajeros. Apolo no retrocedió. Desde la ladera tensó el arco y lanzó una flecha tras otra, hasta que Pitón cayó junto a la fuente, el veneno se disipó y el valle volvió a llenarse con el rumor del agua y el canto de los pájaros. Desde entonces, Apolo fundó su oráculo en Delfos y condujo a marineros venidos de lejos para servir como sacerdotes. Pitón murió, pero su nombre siguió vivo en Pito, en la Pitia y en la memoria del santuario.
Después de que Leto diera a luz a Apolo durante su largo errar, las islas y montañas del mar Egeo conservaron el recuerdo del resplandor de aquel nuevo dios. No fue un niño destinado a permanecer mucho tiempo entre pañales. Según cuentan los mitos, apenas recibió el alimento divino, su cuerpo cobró fuerza; se colgó el carcaj al hombro, tomó en la mano el arco de plata y, con paso ligero, cruzó costas, praderas y cumbres.
En aquel tiempo, muchos lugares de la tierra ya veneraban a Zeus, Hera, Poseidón y a otros grandes dioses; pero Apolo también quería tener su propio santuario. Buscaba un sitio al que los hombres pudieran llegar desde lejos, llevando ofrendas, para preguntar qué debían hacer en adelante: si convenía hacerse a la mar, si debían fundar una ciudad, de dónde venía una desgracia o cómo podía aplacarse la ira de los dioses.
Recorrió muchas tierras. Algunas eran ricas en agua y pastos, pero estaban demasiado cerca del bullicio de las ciudades; otras se alzaban en montañas imponentes, aunque no resultaban propicias para que la gente acudiera a rendir culto. Apolo siguió adelante, atravesó valles y ríos, y llegó a la región del monte Parnaso.
Allí las peñas eran claras, los pinos y los laureles crecían en las laderas, y los manantiales brotaban entre las grietas de la roca, llenando los barrancos con el rumor del agua. Al pie de la montaña había un espacio abierto, apropiado para levantar un altar y un templo. Cuando Apolo lo vio, decidió en su corazón que aquel lugar podía ser su morada.
Pero aquella tierra aún no estaba en paz.
Cerca del valle y de las aguas vivía enroscada una serpiente terrible llamada Pitón. Unos decían que había nacido de la Tierra; otros, que custodiaba aquel lugar al servicio de antiguas diosas. Su cuerpo era enorme, sus escamas se pegaban a las rocas húmedas, y al deslizarse parecía una quebrada oscura que se moviese entre las sombras. Se ocultaba en cuevas y bajo los árboles; cuando oía pasos, alzaba la cabeza y exhalaba de su boca un aliento caliente y fétido.
Los pastores de la región no se atrevían a llevar sus rebaños hasta la fuente, y los caminantes evitaban atravesar aquel bosque al caer la tarde. El agua era clara, pero parecía cercada por el miedo. Algunos contaban que Pitón había perseguido a Leto, la madre de Apolo; otros decían solamente que guardaba aquel sitio antiquísimo y no permitía que un nuevo dios se acercara. Fuera cual fuese la tradición, cuando Apolo llegó allí tuvo ante los ojos al mismo enemigo: aquella serpiente cerraba el paso al lugar sagrado.
Apolo no se retiró. Se detuvo en la ladera, con la luz del sol brillando en sus cabellos y sobre el lomo de su arco. Sacó una flecha del carcaj, y la punta destelló en el aire. Pitón oyó el movimiento y levantó la cabeza desde las hendiduras de la fuente; su cuerpo inmenso rozó la pared de roca, y ramas secas y piedras sueltas cayeron a su paso.
Abrió las fauces, y una nube de veneno salió de ellas; las hierbas se inclinaron como si las hubiera quemado un viento ardiente. Luego se lanzó contra el joven dios, enrollando su cuerpo una y otra vez sobre la tierra, como si quisiera arrastrar a su enemigo hasta la cueva.
Apolo tensó el arco hasta el extremo.
La primera flecha voló y se clavó en las gruesas escamas de Pitón. La gran serpiente se contrajo de golpe, golpeó con la cola las rocas, y un eco sordo retumbó por todo el valle. La segunda flecha y la tercera llegaron enseguida. Apolo no perdió el paso: se movía por la ladera, esquivaba el cuerpo que se revolvía, y volvía a disparar contra la garganta, el pecho y el vientre que quedaban al descubierto.
Pitón se retorcía junto a la fuente, presa del dolor. Su cuerpo aplastó la tierra, quebró los matorrales y enturbió el agua clara. Quiso refugiarse de nuevo en la cueva sombría, pero las flechas de Apolo eran más rápidas; quiso alzar la cabeza para morder, pero el arco de plata volvía a sonar no lejos de allí.
Al fin, la gran serpiente no pudo sostenerse más. Su cuerpo gigantesco cayó sobre la tierra sagrada; la cola se agitó unas cuantas veces y luego quedó inmóvil. En el valle solo permaneció el rumor del manantial. El veneno se disipó poco a poco, y solo entonces los pájaros volvieron a cantar entre las ramas.
Apolo se quedó junto a Pitón muerta y proclamó su victoria sobre aquel lugar. La tradición cuenta que dejó allí el cuerpo de la serpiente, para que se pudriera bajo el sol y el viento; por eso aquel sitio recibió el nombre de Pito. Más tarde se dijo también que el nombre de la sacerdotisa, la Pitia, estaba unido a aquella antigua memoria.
Muerta Pitón, Apolo tomó posesión de aquella tierra. Ya no era solo el joven dios que caminaba con el arco en la mano: se convirtió en señor de aquel lugar. Con el tiempo, canteros y devotos levantarían los cimientos al pie de la montaña, construirían altares y colocarían en el santuario ramas de laurel, trípodes y regalos ofrecidos al dios. Desde tierras lejanas acudiría la gente, subiendo por senderos tortuosos, con ovejas, bueyes, vino y sacrificios de aroma intenso, para preguntar la voluntad de Apolo.
Pero un templo no puede sostenerse solo con peñas y altares; necesita también guardianes. El relato cuenta que Apolo vio una vez una nave procedente de Creta que surcaba el mar. Los hombres que iban a bordo seguían su propia ruta y no sabían que el dios de la montaña los observaba. Entonces Apolo tomó la forma de un gran delfín marino, saltó junto a la nave y la fue guiando hasta hacerle cambiar de rumbo. Los marineros, llenos de temor, no comprendían adónde quería llevarlos aquella criatura prodigiosa.
Cuando la nave llegó a tierra, Apolo se manifestó con su verdadera figura divina y les dijo que no tuvieran miedo. Les ordenó abandonar su antiguo camino, subir hasta las faldas del Parnaso y servir el santuario que acababa de fundar. Los marineros obedecieron la voluntad del dios, llegaron a la región de Delfos y se convirtieron en sacerdotes de Apolo. Así, el templo de la montaña tuvo quienes ofrecieran sacrificios y quienes recibieran a los que venían a consultar.
Desde entonces, la fama de Delfos se extendió poco a poco. Las ciudades enviaban embajadores; los reyes mandaban emisarios; también los hombres comunes, cuando se enfrentaban a una decisión difícil, subían por el camino de la montaña llevando presentes. La sacerdotisa se sentaba en el lugar sagrado y transmitía el oráculo de Apolo. A veces las palabras que escuchaban eran claras; otras, semejaban la silueta de una montaña entre la niebla y exigían ser meditadas una y otra vez. Pero todos creían que aquella voz procedía del dios del arco de plata.
La gran serpiente Pitón yacía ya junto a la fuente. No podía volver a enroscarse en torno a los caminantes ni defender el valle con su aliento venenoso. Sin embargo, no desapareció del todo de la historia. Su nombre quedó en Pito, quedó en la Pitia y quedó en los relatos que recordaban la victoria de Apolo. Más tarde, para conmemorar aquel triunfo sobre la serpiente, los hombres celebraron certámenes y los unieron al santuario del dios.
Al pie del monte Parnaso, el manantial siguió corriendo y el laurel continuó moviéndose al viento. Quien entraba en Delfos para consultar el oráculo no pisaba una tierra cualquiera, sino un lugar que una vez había pertenecido a una serpiente monstruosa y que Apolo había conquistado con sus flechas.
Esta es la historia de Apolo y Pitón: el joven dios llegó al valle, mató a la antigua serpiente y transformó el miedo en una leyenda junto al altar. Desde entonces, Delfos perteneció a Apolo. El cuerpo de Pitón se corrompió, pero su nombre permaneció en el oráculo y en la tierra sagrada.