
Mitología griega
Apolo se enamoró de Jacinto, un joven espartano, y solía acompañarlo por los montes para cazar, correr y lanzar el disco. Durante uno de aquellos juegos, Céfiro, dios del viento del oeste, movido por los celos, desvió en secreto la corriente de aire; el disco golpeó a Jacinto y lo mató. Entonces Apolo hizo brotar de su sangre una flor marcada con signos de duelo.
Cerca de Esparta, en Amiclas, vivía Jacinto, un muchacho de linaje real, famoso desde muy joven por su belleza y su agilidad. Apolo, dios de la luz, dejaba a menudo Delfos y el Olimpo para ir a los montes y acompañarlo en la caza, en el manejo de la jabalina y en el lanzamiento del disco. Pero Apolo no era el único que amaba a Jacinto. También Céfiro, el viento del oeste, deseaba al muchacho, aunque no recibía de él la misma cercanía. Al ver que Jacinto prefería seguir siempre a Apolo, su amor se fue llenando de resentimiento. Un día, Apolo y Jacinto lanzaban el disco en una pradera abierta. Apolo lo arrojó con fuerza, y el disco voló alto y lejos bajo el sol. Jacinto corrió ansioso para recogerlo; entonces Céfiro sopló desde un lado con una ráfaga violenta. El disco cambió de rumbo de pronto y golpeó al joven en la cabeza. Apolo acudió a él, lo sostuvo entre sus brazos y probó con hierbas medicinales, pero no pudo retener su vida. La sangre del muchacho cayó sobre la tierra. Apolo, que no quería dejarlo desaparecer del todo, hizo nacer de aquella sangre una flor y dejó en sus pétalos señales de lamento. Desde entonces, la gente de Amiclas recordó al joven, y también aquella tristeza que ni un dios pudo deshacer.
En Amiclas, en la tierra de Laconia, las colinas no eran muy altas, pero las praderas se extendían con amplitud. Cuando llegaba la primavera, las flores silvestres asomaban entre las grietas de las piedras, y las hojas de los olivos volvían al viento su brillo plateado. Allí solía decirse que Jacinto, el joven de la casa real, era claro y hermoso como la primera luz de la mañana.
Jacinto era todavía muy joven, pero ya podía subir al monte con los cazadores. Sabía distinguir entre los matorrales el crujido de una pezuña de ciervo sobre las ramas secas, y sostenía la jabalina con mano firme. Cuando corría, el cabello que le caía sobre los hombros se alzaba al viento como una corriente oscura. Muchos disfrutaban viéndolo en la palestra, corriendo, arrojando la jabalina o lanzando el disco; pero quien más a menudo venía a su lado no era un mortal, sino Apolo.
Apolo era el dios de la luz, del arco, de la música de la lira y de la profecía. Tenía sus santuarios, su arco de oro, su corona de laurel y multitudes que esperaban ante sus altares para escuchar un oráculo. Sin embargo, por Jacinto dejaba con frecuencia todo aquello y bajaba a los campos y montes de Amiclas.
No se sentaba en un trono elevado ni se hacía rodear de servidores. Se recogía la larga cabellera, tomaba las redes de caza y corría con el muchacho tras las fieras; o se colgaba el arco al hombro y caminaba junto a él entre los pinos y las fuentes. El sol les brillaba en los brazos, los perros olfateaban la tierra delante de ellos, los pájaros se espantaban de las ramas, y entonces las flechas salían silbando de la cuerda.
Jacinto no temía a aquel dios. Hablaba con Apolo como se habla con un compañero conocido. Y Apolo se complacía en verlo sonreír, en verlo correr con todas sus fuerzas, en verlo levantar el disco hasta detrás del hombro y apretar los dientes antes de lanzarlo hacia delante.
Pero por aquellas laderas pasaba a menudo otro dios.
Era Céfiro, el viento del oeste. Cuando se abrían las flores de primavera, la gente sentía su aliento; cuando las velas se hinchaban en el mar, también estaba su mano empujándolas desde atrás. Por lo común, su soplo era suave: movía las copas de los árboles, apartaba las sombras de las nubes y refrescaba la frente de los pastores.
Él también amaba a Jacinto.
Al principio, Céfiro se limitaba a mirarlo desde lejos. Cruzaba las praderas de Amiclas, le desordenaba al muchacho el cabello sobre la frente y hacía girar el borde de su manto. Esperaba que Jacinto alzara los ojos hacia el aire y lo mirara a él como miraba a Apolo.
Pero los ojos de Jacinto iban siempre a posarse en Apolo.
Cuando Apolo llegaba, el muchacho salía con él. Juntos cazaban, juntos se ejercitaban, juntos descansaban junto a las fuentes. Si Apolo apoyaba la lira en las rodillas y pulsaba las cuerdas, Jacinto escuchaba en silencio; si Apolo hablaba de santuarios lejanos y de islas del mar, Jacinto se quedaba absorto.
Céfiro se detenía entre las copas de los árboles, y su corazón se volvía cada vez más amargo. A veces su viento se deslizaba pegado a la hierba; otras veces se metía de pronto en el bosque y hacía sonar las hojas con violencia. Pero por más que fuera y viniera, el muchacho nunca lo tuvo por el más cercano.
Los celos son como una espina escondida en el pecho: cuanto más tiempo permanece allí, más hondo se clava.
Un día, el tiempo estaba claro y el cielo limpio, sin una sola nube. Apolo y Jacinto llegaron a una pradera abierta. A un lado crecían unos árboles, y bajo ellos dejaron las túnicas y los útiles de caza; a lo lejos, las laderas relucían bajo el sol, y el aire olía a tierra tibia.
No llevaban arcos ni perros. Aquel día solo querían medir sus fuerzas con el disco.
El disco era pesado, con los bordes lisos por el uso. En manos de un mortal habría resultado arduo sostenerlo, pero Apolo lo tomaba como si fuera una piedra ligera. Se colocó en medio del llano, lo apoyó en la palma y volvió la cabeza hacia Jacinto con una sonrisa.
—Mira bien.
Giró el cuerpo, extendió el brazo hacia atrás, afirmó el pie en el suelo y el disco salió disparado de su mano.
Primero rozó bajo la tierra; luego se elevó de pronto y trazó en la luz una curva oscura y brillante. Voló lejos, con firmeza, como si abriera el aire a su paso. Jacinto, emocionado, no esperó a que terminara de caer: echó a correr para ser el primero en recogerlo.
Apolo quiso decirle que fuera más despacio, pero el muchacho ya se había lanzado adelante.
El disco cayó a lo lejos sobre un suelo duro y rebotó con un golpe seco. En ese instante llegó Céfiro.
Sopló desde un costado de la pradera, ya no con la dulzura de la primavera. Bajó el viento, levantó polvo y hojas de hierba, y empujó con furia el disco que acababa de rebotar. El disco, que debía rodar siguiendo su impulso, se desvió de pronto, como tocado por una mano invisible, y salió derecho hacia Jacinto.
El muchacho seguía corriendo. Alzó la cabeza y solo vio una sombra oscura que se precipitaba contra él.
Al instante siguiente, el disco lo golpeó con fuerza en la cabeza.
Jacinto cayó sobre la hierba. La sangre le brotó entre los cabellos y cayó sobre el polvo y las hojas verdes, de un rojo dolorosamente vivo.
El rostro de Apolo cambió de pronto.
Corrió hacia él, se arrodilló a su lado y lo tomó entre sus brazos. Aquel que hacía un momento corría bajo el sol tenía ahora el cuerpo flojo. Los ojos de Jacinto estaban entreabiertos, como si aún quisiera reconocer quién lo llamaba; sus labios se movieron, pero no lograron formar palabra.
Apolo apretó la herida con la mano, pero la sangre siguió filtrándose entre sus dedos. Trajo hierbas medicinales, las puso sobre la cabeza del muchacho y pronunció en voz baja palabras divinas capaces de apartar el dolor y la enfermedad. Pero aquella no era una herida común: el disco había golpeado el lugar donde la vida se sostiene. Ninguna ciencia, por alta que fuera, podía arrancar de las puertas del Hades a alguien que ya estaba muriendo.
Apolo estrechó al muchacho con más fuerza. Sus cabellos de oro cayeron sobre el rostro ensangrentado de Jacinto. Por primera vez, el dios de la luz parecía tan indefenso como un mortal. Podía matar a una gran serpiente, podía anunciar el futuro, podía llenar de música un templo entero; pero no podía hacer que el joven en sus brazos se levantara de nuevo.
—No eras tú quien debía morir —dijo Apolo en voz baja—. Fue mi mano la que arrojó el disco.
Jacinto ya no podía oírlo.
La cabeza le cayó sobre el brazo de Apolo, y su respiración se fue apagando poco a poco. El viento de la pradera se detuvo, y hasta las hojas parecieron temer hacer ruido. Céfiro se ocultó a lo lejos y no volvió a soplar. Los celos habían cometido algo terrible; y cuando una desgracia cae de ese modo, ya no hay fuerza que la recoja.
El muchacho murió.
Apolo tardó mucho en soltarlo.
Después bajó la mirada y vio cómo la sangre de Jacinto se hundía en la tierra. Aquel pedazo de suelo, primero rojo y húmedo, pareció alzarse suavemente bajo una fuerza secreta; de él surgió un tallo tierno. Las hojas se abrieron, y de la mancha de sangre nació una flor.
Su color era profundo, como un púrpura oscuro, como sangre recién seca. Los pétalos eran delicados, pero llevaban trazos de tristeza. Apolo se inclinó sobre ella y dejó allí la señal de su dolor, como si suspiros escritos hubieran quedado marcados en la flor. Más tarde, quienes la miraban decían ver en sus pétalos letras de duelo.
Apolo no quiso que el nombre de Jacinto se dispersara con el viento. Hizo que aquella flor guardara la memoria del muchacho y volviera a abrirse cada año, cuando llegara su tiempo. La flor no podía hablar ni correr, pero se mecía suavemente al sol, como si aún conservara la sombra de aquella pradera.
En Amiclas tampoco olvidaron a Jacinto. Recordaron al joven muerto antes de tiempo, recordaron que un dios había llorado por él, y le rindieron culto en aquella tierra. Quienes llegaron después todavía escuchaban allí su historia: el muchacho amado por Apolo, arrebatado por los celos del viento del oeste; su sangre no desapareció en vano, sino que floreció sobre la tierra.
Desde entonces, cada vez que esa flor se abre, la gente piensa en la pradera donde cayó Jacinto y en el silencio impotente de Apolo al sostenerlo entre sus brazos.