
Mitología griega
Después de matar a la gran serpiente Pitón, Apolo se creyó invencible y se burló del arco y las flechas del pequeño Eros. Eros lo castigó con dos flechas distintas: una hizo que Apolo se enamorara perdidamente de Dafne, mientras que la otra hizo que Dafne rechazara todo amor. Al final, la joven escapó de él transformándose en laurel.
Apolo acababa de matar en Delfos a la serpiente Pitón. Con el arco aún en la mano, se sentía orgulloso de su hazaña. Cuando vio que el pequeño Eros también llevaba arco y flechas, se rió de él y le dijo que un niño no debía tocar armas propias de quien podía abatir monstruos. Eros, ofendido, voló hasta el monte Parnaso y sacó de su aljaba dos flechas: una de oro, que encendía el amor, y otra pesada y roma, de plomo, que lo hacía aborrecible.
Apolo era joven, luminoso, y su arco rara vez erraba el blanco.
En aquel tiempo, la región de Delfos no gozaba aún de la calma que más tarde la haría sagrada. En lo hondo del valle vivía enroscada una enorme serpiente llamada Pitón. Salía de su cueva húmeda cubierta de barro y hedor; sus escamas rozaban las piedras con un siseo áspero. Hombres y animales la temían, y aun quienes se acercaban a las fuentes para tomar agua podían no regresar jamás.
Apolo llegó hasta allí persiguiéndola. Tensó su arco de plata y lanzó una flecha tras otra contra el monstruo. Las puntas se hundieron en las escamas gruesas; la serpiente se retorció entre las rocas, quebró ramas al golpearlas con su cuerpo, y al fin cayó sobre la tierra, inmóvil, con su larga masa tendida sin vida. Apolo quedó de pie junto a ella, mientras la cuerda del arco todavía vibraba suavemente. Miró sus flechas y se llenó de orgullo.
Poco después vio a Eros con un arco y unas flechas.
Eros tenía todavía aspecto de niño. Llevaba al hombro una pequeña aljaba, y con un leve batir de alas podía pasar del prado a la copa de un árbol. Su arco no tenía la majestad del de Apolo, y sus flechas eran mucho más finas y delicadas. Al verlo, Apolo no pudo contener la risa.
—Niño —le dijo—, armas como esas deben llevarlas quienes pueden matar bestias enormes. ¿Qué haces tú con un arco? Vuelve a jugar con tus antorchas y no pretendas imitarme en el uso de las armas.
Lo dijo con ligereza, pero aquellas palabras hirieron a Eros como una flecha. El pequeño dios alzó la mirada hacia él. No había miedo en sus ojos, sino una fría dignidad.
—Apolo —respondió—, tus flechas pueden alcanzar a cualquier criatura viva; las mías pueden alcanzarte a ti.
Dicho esto, agitó las alas, se alejó de Apolo y voló hasta la cumbre del alto Parnaso. Allí el viento era fresco, y las sombras de las nubes se deslizaban sobre las rocas. Eros abrió su aljaba y sacó dos flechas.
Una tenía la punta de oro, brillante y aguda, como si acabara de salir del fuego; la otra era roma, pesada y oscura, como plomo hundido en sombra. La flecha de oro hacía que el corazón ardiera de amor de repente; la de plomo, en cambio, apartaba del amor y volvía insoportable aun la voz de quien suplicaba ser amado.
Eros no añadió nada más. Tensó su pequeño arco y disparó primero la flecha de oro contra Apolo. La flecha voló sin ruido y se hundió en el pecho del dios. Apolo no sangró, pero fue como si un viento abrasador lo envolviera de pronto: desde ese instante, su corazón no volvió a conocer la calma.
Después Eros disparó la flecha de plomo contra Dafne, la hija del río Peneo.
Dafne vivía junto al río. Era una muchacha criada entre las aguas, los humedales y los bosques. Al amanecer solía internarse entre los árboles sin preocuparse de que el viento le despeinara el cabello. Le gustaba perseguir ciervos, correr por las laderas y oír a los perros de caza ladrar entre los matorrales. A menudo llevaba una jabalina en la mano, y se recogía la túnica para poder atravesar zarzas y hierbas altas.
Muchos la habían visto y deseaban casarse con ella. Jóvenes pretendientes acudían con regalos ante el río Peneo para pedir la aprobación del padre. También Peneo esperaba que su hija, algún día, llevara velo de novia, tuviera hijos y continuara su linaje. Pero cada vez que Dafne oía hablar de matrimonio fruncía el ceño, como si a sus espaldas se cerrara una trampa.
Abrazaba el cuello de su padre y le suplicaba:
—Padre, déjame vivir libre, como Artemisa. No me obligues a casarme. Quiero correr por los bosques, guardar mi arco y seguir el viento de la montaña.
Peneo miraba a su hija. No quería forzarla, pero sabía que su belleza atraería cada vez más pretendientes. Suspiró y le dijo:
—Tu propio rostro se opondrá a tu deseo.
Dafne no dio importancia a aquellas palabras. Siguió entrando en los bosques con paso ligero, como una cierva iluminada por el sol.
Pero la flecha de plomo de Eros ya la había alcanzado. No dejó herida visible, aunque endureció su corazón. Dafne aborrecía las propuestas de matrimonio, aborrecía las palabras amorosas, aborrecía las miradas de quienes querían perseguirla. Solo deseaba los montes, los arroyos, la sombra y el viento que le rozaba los oídos al correr.
Entretanto, Apolo también había cambiado.
Cuando vio a Dafne por primera vez, el sol caía sobre sus hombros y su cabello suelto parecía follaje movido por la brisa. No llevaba joyas ni buscaba adornarse; sostenía sus útiles de caza, y en el rostro conservaba el rubor de la carrera. Apolo la contempló, y la flecha invisible de oro comenzó a arderle en el pecho.
Quiso acercarse a ella, escuchar su voz, saber su nombre. Cuanto más ligera se internaba ella en el bosque, más sentía él que debía alcanzarla.
Apolo la llamó.
—¡Espera, muchacha! No soy tu enemigo. No huyas de mí como el cordero huye del lobo o la cierva del león. No te persigo para hacerte daño.
Apenas Dafne oyó la voz detrás de ella, aceleró el paso. No volvió la cabeza; solo se sujetó la túnica y cruzó entre sombras de árboles y claros de hierba.
Apolo siguió tras ella, hablando sin cesar:
—Corre más despacio. ¡Cuidado con las zarzas, que pueden herirte los pies! ¡Cuidado con las piedras, que pueden hacerte caer! Si te lastimas, sufriré más que tú.
Mientras hablaba, se acercaba cada vez más. El viento le golpeaba la frente, pero ya no pensaba en la dignidad de un dios. Dijo su nombre y sus títulos, esperando que Dafne se detuviera.
—Soy hijo de Zeus, soy el dios de Delfos. Conozco las hierbas medicinales, el arco, el canto y la profecía. Pero ahora no hay remedio que cure la herida de mi corazón.
Dichas a otra persona, aquellas palabras quizá habrían causado asombro, incluso ternura. Pero en el pecho de Dafne pesaba la flecha de plomo de Eros. Cuanto más urgente sonaba la voz de Apolo, más miedo sentía ella. No quería su nombre divino, ni su corona, ni su lira, ni su amor.
El bosque retrocedía veloz ante sus ojos. Las ramas le arañaban los brazos; las hojas de la hierba le rozaban los tobillos. Su respiración se hizo cada vez más difícil, y el cabello se le extendió por la espalda. Apolo la seguía de cerca, como un perro de caza que alcanza a una cierva exhausta. Ya podía ver los mechones junto a su nuca, ya veía sus hombros subir y bajar con el aliento.
Dafne comprendió que no podría correr mucho más.
Entonces oyó delante de sí el rumor del agua. Era el río de su padre, Peneo; la superficie brillaba al sol, y los juncos se mecían suavemente. Dafne llegó a la orilla, donde la tierra estaba húmeda y blanda. Miró atrás y vio que Apolo estaba ya a su espalda, con la mano extendida casi a punto de tocarla.
No le quedaban fuerzas para huir.
Entonces gritó hacia el río:
—¡Padre, sálvame! Si los ríos tienen de verdad poder divino, cambia este cuerpo que hace que me persigan.
Apenas terminó de hablar, la transformación comenzó por sus pies.
Dafne sintió que las piernas se le volvían pesadas. Los dedos de sus pies parecieron hundirse en la tierra y ya no pudo arrancarlos de allí. Una corteza fría le subió desde los tobillos, envolvió sus pantorrillas y cubrió su cintura. Quiso levantar las manos, pero sus brazos se alargaron hacia lo alto y se convirtieron en ramas flexibles. Su cabello se abrió y se volvió una espesura de hojas que temblaban suavemente con el viento. Su pecho todavía palpitaba, pero la corteza se cerró sobre él y encerró dentro aquel corazón.
Cuando Apolo llegó hasta ella, lo que tomó entre sus manos ya no fue la mano de una muchacha, sino una rama recién nacida.
Se detuvo.
El árbol que tenía ante sí conservaba todavía algo de Dafne: el tronco esbelto, el perfume de las ramas, las hojas estrechas y firmes, de un verde oscuro bajo la luz del sol. Apolo apoyó la mano en la corteza, como si aún pudiera sentir en su interior una vida tenue. Inclinó la cabeza. Oyó el murmullo de las hojas, pero ya no oyó responder a Dafne.
Entonces comprendió que ella había preferido perder su cuerpo humano antes que convertirse en su esposa.
Apolo permaneció triste junto al río. Después de mucho tiempo, arrancó una rama de laurel, la trenzó en forma de corona y se la puso sobre la cabeza. Y dijo al árbol:
—Ya que no puedes ser mi esposa, serás mi árbol. Tus hojas adornarán mi cabello, mi lira y mi aljaba. También los vencedores llevarán tu corona. Tus hojas no se marchitarán fácilmente: conservarán por largo tiempo su verdor.
El viento pasó por la orilla, y las hojas del laurel sonaron con un murmullo leve, como si aún rechazaran, o como si no les quedara otro modo de responder.
Desde entonces, el laurel quedó unido a Apolo. Poetas, cantores y vencedores llevaron sus ramas sobre la frente. Y cuando los hombres veían aquella corona verde, recordaban la persecución junto al río: un dios orgulloso herido por el amor, una muchacha que no quiso someterse y corrió hacia las aguas de su padre, y una figura humana que quedó para siempre guardada entre la corteza y las hojas.