
Mitología griega
Polinices llega a Argos como exiliado y recibe refugio del rey Adrasto. Una pelea ante la puerta del palacio, un oráculo extraño y una alianza matrimonial reúnen a los primeros jefes de la expedición.
Polinices llega a Argos ya despojado de Tebas, pero este relato empieza con lo que ocurre después del exilio: Adrasto lo recibe, reconoce en Polinices y Tideo el oráculo del león y el jabalí, y une a ambos a su casa por matrimonio. De ese refugio nacen el plan para recuperar Tebas, la misión de Tideo, la resistencia de Anfiarao y la primera forma de los Siete.
Polinices ya había sido expulsado de Tebas por el acuerdo roto con Eteocles. Llegó a Argos no como rey, sino como un hombre que necesitaba refugio y aliados. Lo importante ahora no era la disputa en Tebas, sino la casa que lo recibiría y convertiría su agravio en causa de guerra.
Aquella noche, el tiempo era áspero en las afueras de Argos. Las nubes colgaban bajas, y el viento nocturno se metía por las calles, haciendo sonar suavemente las argollas de las puertas. Polinices llegó ante el palacio de Adrasto y buscó refugio bajo el pórtico. Llevaba el manto sobre los hombros, un arma en la mano y el polvo del largo camino sobre el cuerpo.
Poco después se presentó otro joven ante la entrada del palacio. Se llamaba Tideo. Venía de Calidón, en Etolia, y también había sido obligado a dejar su patria. Sobre la causa de su marcha se contaban versiones distintas en diversos lugares, pero todas decían que sus manos se habían manchado con sangre de parientes y que ya no podía vivir en paz en su tierra. No era de gran estatura, pero sí feroz y arrebatado, como un fuego que nadie consigue contener.
Los dos desterrados llegaron, de noche, al mismo techo. Al principio solo disputaron por un lugar donde descansar; después de unas pocas palabras, la ira se desbordó. Polinices ya llevaba dentro la amargura de haber sido despojado por su hermano, y Tideo no era hombre que cediera. Desenvainaron las armas y combatieron ante las puertas del palacio real.
Los escudos chocaron, y las lanzas silbaron con filo agudo. Los centinelas, sobresaltados, corrieron a avisar al rey. Adrasto salió cubriéndose con el manto y vio a dos jóvenes desconocidos que se atacaban en la oscuridad: uno tenía el porte de un príncipe, pero en los ojos le ardía el resentimiento del exilio; el otro se movía con rapidez y golpeaba con violencia, como una fiera salida del monte.
Adrasto no ordenó prenderlos de inmediato. Los llamó para que se detuvieran y mandó a los guardias alzar antorchas. A la luz del fuego, que caía sobre escudos y corazas, distinguió mejor sus figuras; y entonces recordó algo que llevaba guardado desde hacía tiempo en el corazón.
Adrasto había consultado a los dioses sobre el matrimonio de sus dos hijas. La respuesta del oráculo fue extraña y oscura: debía casar a sus hijas con un jabalí y con un león.
Cualquiera se habría quedado perplejo ante semejantes palabras. Un rey no podía entregar de verdad a sus hijas a las fieras, pero tampoco era prudente despreciar un oráculo. Adrasto conservó aquella sentencia en la memoria, sin saber cuándo llegaría a cumplirse.
Ahora, al mirar a los dos hombres que luchaban ante su puerta, lo comprendió de pronto.
Tideo llevaba en el escudo la señal de un jabalí, o quizá su propio arrojo recordaba a ese animal, que aun herido no retrocede. Polinices, por su parte, era altivo como un león: aunque lo habían arrojado de su ciudad, no inclinaba la cabeza. Los dos, peleando en la noche, parecían justamente el jabalí y el león que el oráculo había anunciado ante la casa del rey.
Adrasto ordenó entonces que se recogieran las armas y que ambos fueran conducidos al palacio. No los trató como intrusos sin nombre, sino con los honores debidos a los huéspedes. Los sirvientes trajeron agua para que se lavaran el polvo del viaje; luego pusieron comida y vino, y los hicieron sentarse en una sala iluminada.
Cuando se apaciguó la cólera de los dos jóvenes, Adrasto les preguntó quiénes eran. Polinices contó que era hijo de Edipo y que su hermano Eteocles le había arrebatado el trono. Tideo explicó también por qué había abandonado Calidón. Al escucharlos, el rey quedó aún más convencido de que el oráculo no había recaído por azar sobre aquellos dos hombres.
Poco después, Adrasto dio a su hija mayor, Argía, en matrimonio a Polinices, y a su otra hija, Deípile, a Tideo. Los dos exiliados, que habían sido enemigos ante la puerta del palacio, se convirtieron en parientes sentados a una misma mesa.
En el banquete de bodas, los argivos alzaron sus copas y pronunciaron buenos augurios. En la sala había música de lira, olor de carne asada y risas de recién casados. Pero el corazón de Polinices no hallaba verdadero descanso.
Había recibido una esposa, la protección de un rey y nuevos vínculos de familia; sin embargo, seguía recordando las puertas de Tebas. Recordaba el trono que debía haber ocupado y la frialdad con que Eteocles lo había expulsado de la ciudad. Cuando la noche avanzó y los invitados se dispersaron, se dirigió a Adrasto y le pidió ayuda para recobrar la parte de poder que le pertenecía.
Adrasto lo había aceptado ya como yerno y no podía tratar aquella disputa como asunto de extraños. Prometió ayudarlo, aunque no hizo marchar al ejército de inmediato. Tomar Tebas no era una empresa menor: era una ciudad antigua y fuerte, con murallas elevadas, puertas sólidas y soldados fieles a Eteocles. Si podía resolverse primero con palabras, no habría necesidad de que tantos hombres murieran bajo los muros.
Así, Adrasto envió a Tideo a Tebas. Tideo era ahora pariente de Polinices por matrimonio y, además, un guerrero valiente. Partió con la condición de enviado y llegó a la ciudad que había cerrado sus puertas al hijo de Edipo.
Tideo entró solo en Tebas. Se presentó en la ciudad y exigió que Eteocles cumpliera el acuerdo entre hermanos y devolviera el trono a Polinices. Los tebanos no quisieron escuchar sus palabras, y Eteocles menos aún estaba dispuesto a ceder.
La embajada no dio fruto, pero Tideo no se humilló. Se decía que, estando en Tebas, compitió con los guerreros del lugar y que, ya fuera en la lucha o en las pruebas de armas, mostró una fuerza asombrosa. Que un enviado extranjero venciera a tantos hombres dentro de la ciudad llenó a los tebanos de vergüenza y rabia.
Eteocles no lo dejó partir en paz. Cuando Tideo emprendió el camino de regreso, los tebanos enviaron hombres armados para tenderle una emboscada. La noche, o quizá la sombra de los montes, ocultaba el camino; desde lo oscuro salieron lanzas, y muchos rodearon a un solo extranjero.
Pero Tideo no se dejó amedrentar. Como una fiera acorralada, se volvió y combatió. Las armas chocaron en el paso estrecho, y los emboscados fueron cayendo uno tras otro. Al final dejó con vida a un solo hombre, para que volviera a Tebas y contara a Eteocles lo ocurrido.
El superviviente no llevó consigo esperanza de reconciliación, sino un miedo más hondo y un odio mayor. Tebas supo que Argos no abandonaría fácilmente la causa; y Argos supo que Tebas había respondido a un mensajero con la traición de una emboscada.
Adrasto comenzó entonces a reunir héroes.
En la corte de Argos se revisaban los carros, se sacaban los caballos, y los herreros golpeaban puntas de lanza y ejes de rueda. La noticia corrió por muchas partes, y llegaron junto al rey hombres dispuestos a combatir por la gloria, por la sangre familiar o por los pactos. Pero hubo uno que dio a Adrasto más dificultades que todos los demás: Anfiarao.
Anfiarao no era solo un guerrero; era también un adivino capaz de conocer lo favorable y lo funesto. Sabía que aquella expedición contra Tebas traería más muerte que victoria. Muchos de los que marcharan caerían ante las puertas, y muy pocos regresarían vivos. No quería ir, y aconsejaba a Adrasto que no emprendiera la guerra.
Entre Adrasto y Anfiarao existía ya una vieja enemistad, y tiempo atrás habían convenido que, si volvía a surgir una disputa entre ambos, la decidiría Erifile, esposa de Anfiarao. Erifile era hermana de Adrasto y mujer del adivino, atrapada entre el vínculo con su hermano y el lecho de su marido.
Polinices conocía aquel acuerdo y sacó entonces un adorno de inmenso valor: el collar de Harmonía. Aquella joya estaba ligada a las antiguas desgracias de la casa real tebana; era hermosa, resplandeciente, capaz de tentar el corazón. Erifile aceptó el collar y dictaminó que Anfiarao debía partir a la guerra.
Anfiarao comprendió que lo habían empujado al camino de la muerte. Ya no huyó de su destino; llamó a sus hijos y les dejó palabras graves. Después se ciñó la armadura, tomó las armas y se unió al ejército expedicionario.
Además de Adrasto, Polinices, Tideo y Anfiarao, otros jefes formidables llegaron a Argos.
Capaneo era alto, de carácter soberbio, y jamás moderaba sus palabras. Creía que su fuerza bastaba para escalar cualquier muralla. Hipomedonte era también un guerrero célebre en la región de Argos, y cuando alzaba el escudo parecía un muro en movimiento. Partenopeo, joven y hermoso, no quería que lo recordaran solo por su apariencia: también él deseaba ganar nombre en el campo de batalla.
Estos hombres, junto con Adrasto, formaron los siete caudillos que más tarde serían recordados como los Siete contra Tebas. Distintos cantores dieron a veces listas diferentes de nombres, pero el centro de la historia permaneció siempre igual: Argos acogió a los héroes desterrados y reunió un gran ejército por la causa de Polinices.
Antes de la partida, la ciudad de Argos se llenó de actividad. Los mozos peinaban las crines de los caballos de guerra, los soldados ajustaban las correas sobre el pecho, las ruedas se untaban con grasa, y los escudos descansaban contra los muros reflejando la luz de la mañana. Polinices estaba entre las filas y miraba el camino que conducía a Tebas. Ya no era el exiliado solitario que había llegado una noche a las puertas del palacio: detrás de él tenía carros, aliados y toda la fuerza de Argos.
Adrasto había acogido a dos desconocidos que peleaban en la oscuridad, y con ese gesto arrastró a su casa, a su ejército y a su propio destino hacia las antiguas querellas de Tebas. Por fin estaban reunidos los siete caudillos. Las lanzas se alzaron, los cascos de los caballos golpearon la tierra. La petición de recuperar un trono se había convertido en una expedición que ya no sería fácil detener.