
Mitología griega
Acteón, cazador tebano, se adentra por error en un valle oculto de la montaña y sorprende a Artemisa mientras se baña. Ha visto lo que ningún mortal debía ver. La diosa lo transforma en ciervo; incapaz de pedir auxilio con voz humana, acaba despedazado por los perros de caza que él mismo había criado.
Acteón es un joven cazador de la región de Tebas, familiarizado con los bosques, las fuentes y las sendas de las fieras en el monte Citerón. Se decía que Quirón le había enseñado el oficio de la caza, y él mismo había criado una gran jauría que reconocía su silbido, sus pasos y sus señales. Un mediodía, después de una larga jornada de caza, Acteón deja a sus compañeros y entra solo en el bosque para buscar agua. Siguiendo el rumor de un manantial, llega a un valle oculto y ve por accidente a Artemisa bañándose entre sus ninfas. Ellas gritan y corren a cubrir a la diosa, mientras Acteón queda inmóvil, incapaz de explicar que ha llegado allí por error. Artemisa no necesita tomar el arco. Recoge un puñado de agua del manantial, se lo arroja al rostro y le dice que vaya a contar lo que ha visto, si todavía puede contarlo. Al instante, Acteón desarrolla astas y cascos y se convierte en un ciervo joven. Conserva una mente humana, pero de su boca solo sale el bramido asustado de un animal. Acteón huye hacia el bosque, pero sus propios perros perciben su rastro. La jauría no reconoce en aquel ciervo a su amo: ladra, lo alcanza, lo derriba y lo despedaza. Después, los perros vagan por todas partes buscando a Acteón, hasta que Quirón fabrica una imagen del cazador y consigue calmar a aquellos animales sin dueño.
Acteón había nacido en una casa noble de la región de Tebas. Su abuelo materno era Cadmo, y en su linaje había ciudades reales, oráculos y muchas historias inquietantes. Pero en su juventud, Acteón conocía mejor el rumor de los bosques que las conversaciones de palacio.
Desde muy temprano aprendió el arte de la caza. Se decía que el centauro Quirón le había enseñado a distinguir las huellas de las fieras, a tensar el arco, a leer en un sendero de montaña la tierra recién removida por un jabalí, y también a hacer que los perros obedecieran una orden. Las laderas del Citerón, sus encinares, sus grietas de piedra y sus manantiales le eran tan familiares como el patio de su propia casa.
Cuando salía al alba, Acteón vestía su ropa de cazador, llevaba en la mano una jabalina y detrás de él corría una gran jauría. Había perros de olfato fino, otros de patas veloces, otros que, una vez prendida la presa, no soltaban la mordida. Al oír el silbido de su amo se lanzaban entre los matorrales; al verlo levantar la mano, rodeaban la pendiente por el otro lado y hacían bajar ciervos y liebres.
Sus compañeros sabían cuánto amaba aquella vida. En el monte no temía el cansancio: volvía con hojas y polvo pegados a la ropa, con el rostro tostado por el sol, pero siempre animoso. Si la presa escapaba, reía y seguía la carrera; si un perro se hería, él mismo le quitaba las espinas, le lavaba la sangre y le vendaba la carne abierta. También los perros lo reconocían: apenas oían sus pasos, sus colas barrían la hierba del suelo.
Un día, Acteón entró en la montaña como de costumbre, acompañado por sus hombres. Los cazadores tendieron las redes, soltaron los perros y durante largo rato empujaron las presas por los valles. Las pezuñas de los ciervos quebraban las ramas secas, los jabalíes se hundían entre las zarzas, y los ladridos de la jauría rodaban de una ladera a otra. El sol subió cada vez más alto, el viento se detuvo, y el calor quedó atrapado entre los árboles, como si las hojas no lo dejaran escapar.
Al llegar el mediodía, los cazadores estaban cubiertos de sudor. Acteón miró a sus compañeros, miró también a los perros, jadeantes y con la lengua fuera, y clavó la lanza en la tierra.
—Por hoy basta —dijo—. El sol abrasa demasiado. No fatiguemos más a los perros ni sigamos acosando a las fieras. Recoged las redes; volveremos mañana al amanecer.
Sus compañeros obedecieron. Desataron de los árboles las redes espinosas y se las cargaron al hombro. Unos fueron a sujetar a los perros; otros buscaron un lugar fresco donde reposar. Acteón, sin embargo, no regresó enseguida. Quiso lavarse el sudor del rostro y caminar un rato a solas, así que se apartó del grupo y tomó un sendero poco transitado que se internaba en el bosque profundo.
Cuanto más avanzaba, más silencioso se volvía el camino. Las ramas se entrecruzaban sobre su cabeza; la luz del sol caía en manchas menudas sobre las piedras y el musgo. Acteón oyó a lo lejos el murmullo del agua y apartó las lianas para seguirlo. No sabía que aquel sonido lo conducía hacia un lugar al que ningún mortal debía llegar.
En lo más hondo del valle había una gruta natural. Pinos y cipreses ocultaban la entrada, y delante de ella brotaba un manantial claro. El agua surgía de las hendiduras de la roca, corría sobre la piedra lisa y se reunía luego en una poza baja y luminosa. Allí no se veían huellas de cazadores ni marcas de ganado; solo ascendía del agua una frescura que aliviaba el calor del mediodía.
Artemisa solía descansar en aquel lugar. Era la diosa del arco, amante de los montes, de los ciervos veloces y de la quietud donde no resonaba voz humana. Aquel día acababa de terminar su propia cacería; aún llevaba el arco al hombro y la aljaba cerca. Las ninfas que la acompañaban le retiraron primero las armas, luego le desataron el cinturón y recogieron su larga cabellera sobre los hombros. Unas le ofrecían agua, otras vigilaban junto al manantial, otras dejaban sus vestidos sobre la piedra.
La diosa entró en el agua clara. El manantial le cubrió los tobillos y luego las rodillas. En el bosque reinaba una calma profunda, apenas rota por el suave rumor de la fuente. Nadie imaginó que unos pasos mortales se acercaban entre las sombras de los árboles.
Acteón siguió el sonido del agua hasta la boca del valle, apartó la última cortina de ramas y se detuvo de golpe.
Había visto a Artemisa.
En aquel instante no había ido a espiar, ni tuvo tiempo siquiera de volverse y marcharse. La escena lo dejó inmóvil como un relámpago demasiado fuerte para los ojos: el manantial, la piedra blanca, las ninfas gritando, y la diosa de pie en el agua. Las ninfas fueron las primeras en advertirlo y alzaron la voz. Corrieron a rodear a Artemisa, tratando de cubrirla con sus propios cuerpos, pero la diosa era más alta que todas ellas y permanecía visible por encima de la confusión.
Acteón palideció. Abrió la boca: quería decir que había entrado allí por error, quería decir que se iría de inmediato. Pero la lengua se le quedó helada, y no consiguió pronunciar una sola palabra.
El arco y las flechas de Artemisa estaban en la orilla, a unos pasos de ella. No alcanzó a tomarlos, ni los necesitaba. Primero el rostro de la diosa se encendió de vergüenza y cólera; después se endureció como la piedra. Se inclinó, recogió con ambas manos un puñado de agua del manantial y lo arrojó al rostro de Acteón.
Las gotas le golpearon la frente, los ojos y los labios, frías como hielo nacido en el fondo de la montaña.
—Ahora ve y cuenta a los demás que me has visto bañarme —dijo Artemisa—, si es que todavía puedes contarlo.
Apenas terminó de hablar, Acteón sintió un dolor terrible en la cabeza, como si dos ramas duras le brotaran desde los huesos. Levantó la mano para tocarse, pero vio que los dedos se le acortaban, que las uñas se ennegrecían y se endurecían hasta convertirse en pequeños cascos. La espalda se le encorvó, el cuello se alargó, y sobre la piel le nació un pelaje pardo. Las orejas se le afilaron; empezó a oír el zumbido lejano de los insectos y el roce del viento sobre la hierba. Su nariz se volvió aguda, y de pronto llegaron a él, todos juntos, los olores de la tierra, del agua, de la corteza y de los hombres.
Quiso gritar:
—¡Soy Acteón!
Pero de su garganta solo salió el bramido asustado de un ciervo.
Bajó la cabeza y vio su reflejo en el agua: un joven ciervo macho, con astas ramificadas, aunque en los ojos seguía ardiendo el miedo de un hombre. Comprendió que estaba perdido. Si sus compañeros lo veían, lo tomarían por una presa; si sus perros lo olían, no recordarían que aquel era el hombre que los alimentaba y los llamaba cada día.
Entonces se volvió y huyó.
Las ramas del bosque le azotaban el cuerpo, y las piedras lastimaban sus cascos recién formados. Nunca había corrido así. Antes perseguía ciervos; ahora todo el terror del ciervo le saltaba dentro del pecho. Cada hoja que temblaba parecía anunciar un peligro, cada soplo de aire sonaba como una persecución. Quiso correr hacia el lugar donde descansaban sus compañeros, pero temió que levantaran las lanzas contra él. Quiso ocultarse en un valle más profundo, pero entonces oyó a sus espaldas los ladridos.
Eran sus propios perros.
La jauría percibió primero el olor de un ciervo desconocido. Luego vio una forma que cruzaba fugaz entre los árboles y se excitó al instante. No sabía que su amo se había convertido en presa; solo sabía que delante corría un ciervo fuerte. Los perros más veloces se adelantaron, los demás los siguieron de cerca, y los ladridos se apilaron unos sobre otros como piedras rodando por la ladera.
Acteón reconocía sus voces. A algunos de aquellos perros él mismo les había puesto nombre; les había palmeado el cuello, les había permitido dormir junto a sus pies al lado del fuego. Ahora todos esos sonidos familiares se habían vuelto llamadas de muerte.
Quiso detenerse, quiso volverse para que lo reconocieran. Hasta intentó pronunciar el nombre de cada perro. Pero ya no tenía boca humana, y ninguna palabra humana podía salir de él. La jauría se acercaba más y más; su aliento caliente le rozaba las patas traseras. Saltó una roca, atravesó un matorral bajo, pero las astas se le engancharon en unas lianas. El tirón lo frenó.
El primer perro se lanzó sobre él y le mordió el costado. El segundo le prendió una pata trasera. Otros llegaron enseguida, y sus dientes se hundieron en la carne. Acteón cayó al suelo, pataleando con los cascos, los ojos fijos en la distancia. Sus compañeros, al oír que la jauría había alcanzado la presa, corrieron hacia allí, pero solo vieron a un ciervo rodeado de perros.
Gritaron para alabar a los animales y los animaron a morder con más fuerza. Nadie sabía que aquel ser despedazado era su compañero. Acteón se retorció entre el polvo y la hierba; dentro de él aún quedaba una conciencia humana, pero no podía decir una sola palabra humana. Por fin, sus fuerzas se fueron apagando poco a poco, y los ladridos del valle sonaron cada vez más lejanos.
Cuando todo terminó, los cazadores no encontraron a Acteón.
Al principio pensaron que se habría alejado por otra parte, y recorrieron el bosque llamándolo por su nombre. El valle solo les respondió con ecos y cantos de pájaros. Los perros, saciados de sangre, parecían también haber perdido algo de repente. Olfateaban el suelo, corrían por los senderos de la montaña, se lanzaban hacia los arbustos y luego regresaban junto a los hombres, gimiendo en voz baja.
No encontraban a su amo.
Más tarde se contaron distintas versiones de aquel suceso. Unos decían que Acteón solo había entrado por error en el lugar donde la diosa se bañaba, y que fue castigado por ver lo que no debía. Otras tradiciones afirmaban que la ira divina tenía una causa más profunda. Pero la historia que más se difundió siguió siendo la de aquel valle al mediodía, el manantial claro y el puñado de agua arrojado contra un mortal.
La jauría tardó mucho en aquietarse. Los perros recorrieron el Citerón, olfatearon todos los lugares por donde su amo había pasado y, aun así, no hallaron ni su voz ni sus gestos. Al final, Quirón supo de la desgracia y fabricó una imagen de Acteón para que los perros se reunieran en torno a ella. Al ver aquella figura familiar, fueron calmando poco a poco sus aullidos.
Desde entonces quedó en los bosques del Citerón esta historia terrible: un joven cazador vio por un instante el secreto de una diosa y se convirtió en ciervo; él, que había enviado a sus perros tras las fieras del monte, acabó perseguido por sus propios perros. El agua de Artemisa siguió corriendo entre las grietas de la roca, clara y fría, como si nada hubiera ocurrido.