
Mitología griega
Tetis sabía que, si su hijo Aquiles iba a Troya, obtendría una gloria inmensa, pero también una muerte temprana. Lo escondió entre las muchachas del palacio de Esciro, hasta que Odiseo lo descubrió con una astuta treta y Aquiles abandonó por fin la isla para marchar a la guerra.
Mientras los jefes griegos se reunían para la expedición contra Troya, Aquiles seguía sin aparecer. La profecía decía que, sin este hijo de Peleo y Tetis, Troya sería difícil de tomar; pero Tetis conocía también el precio de esa fama. Si su hijo iba a Troya, ganaría una gloria sin igual y moriría joven. Por eso llevó a Aquiles a Esciro y lo escondió entre las muchachas del palacio del rey Licomedes. Aquiles vistió ropas de doncella y se sentó entre telares, perfumes, cintas y tejidos suaves, pero no podía convertirse de verdad en otra persona. Era más alto y más pesado que las jóvenes del palacio, y cuando oía caballos o armas, sus ojos lo delataban. Deidamía, hija de Licomedes, comprendió poco a poco que aquel huésped ocultaba un secreto, y entre los corredores y jardines silenciosos los dos se enamoraron. Los griegos no lograban encontrar al joven héroe, así que enviaron a Odiseo, maestro del ingenio. Al oír que Aquiles estaba escondido en Esciro, Odiseo llegó al palacio disfrazado de mercader. Ante las muchachas extendió telas, joyas, espejos y perfumes, pero entre esos objetos colocó a propósito una espada, un escudo y una lanza. Aquiles permanecía entre las demás, aunque su mirada fue atraída enseguida por las armas. Para que la verdad no pudiera negarse, Odiseo hizo sonar de pronto una trompeta y el choque de armas fuera del palacio, como si los enemigos estuvieran atacando. Las muchachas gritaron y huyeron, pero Aquiles corrió hacia las mercancías, tomó la espada y el escudo y se preparó para combatir. En ese instante se quebró el disfraz. Odiseo no lo había obligado por la fuerza; el sonido de la guerra y la visión de las armas hicieron que Aquiles se revelara por sí mismo. Aquiles entendió que ya no podía volver al telar ni permanecer en el refugio que su madre había elegido para él. Deidamía lo despidió entre lágrimas, y algunas tradiciones dicen que ya le había dado un hijo, Neoptólemo. Al final, Aquiles dejó la ropa falsa, subió al barco que salía de Esciro y se unió a la expedición griega, rumbo a Troya, el lugar que le daría gloria y consumiría su vida.
Antes de que la guerra de Troya comenzara de verdad, ya habían corrido mensajeros por toda Grecia. Los reyes convocaban a los héroes que en otro tiempo habían pretendido la mano de Helena; en los puertos se reparaban los barcos, se cargaban los remos y se bruñían yelmos y lanzas. Pero entre todos aquellos nombres había uno que despertaba más inquietud que ningún otro: Aquiles.
Era hijo de Peleo y de la diosa marina Tetis, príncipe de los mirmidones. Aún era muy joven, pero ya se hablaba de su rapidez al correr y de su valor extraordinario. Unos decían que, si Aquiles llegaba a las murallas de Troya, los griegos tendrían en él la espada más afilada; otros aseguraban que, sin su ayuda, la ciudad jamás caería.
Y esas voces llegaron también a oídos de Tetis.
Ella no sólo escuchó la promesa de gloria. Oyó, detrás de esa gloria, la sombra de la muerte. Sabía que, si su hijo permanecía en casa, quizá viviría largo tiempo y en paz; pero si cruzaba el mar con el ejército, brillaría entre todos los héroes y moriría joven. Las olas golpeaban una y otra vez la costa, la espuma subía sobre las rocas y luego retrocedía hacia la profundidad. Tetis miraba a su hijo con un desasosiego más grande que el del propio mar.
No quería que Aquiles fuese reclutado.
Así pues, tomó al muchacho y lo llevó lejos de su tierra conocida, hasta la isla de Esciro. Allí reinaba Licomedes. Su palacio no tenía la severidad de Micenas ni la amplitud de Esparta, pero se alzaba junto a la ladera y la bahía, con los muros blancos resplandeciendo al sol, y dentro se escuchaban a menudo las risas de las muchachas. Licomedes tenía varias hijas, que vivían apartadas en los aposentos más internos del palacio y pasaban los días hilando, danzando y rindiendo culto a los dioses, casi sin ver a hombres extraños.
Tetis dejó allí a Aquiles.
No lo vistió como a un príncipe ni le puso espada al cinto. Le cambió la túnica por vestidos de doncella, le peinó el cabello y lo mezcló con las hijas de Licomedes. Para un muchacho acostumbrado desde niño a empuñar la lanza, correr y lanzar piedras, no era fácil sentarse de pronto junto al telar, aprender a hablar en voz baja y caminar sin llamar la atención por los corredores. Pero la mirada de su madre lo obligó a callar.
“Quédate aquí —le dijo—. No dejes que los griegos te encuentren.”
Aquiles no respondió enseguida. Miró hacia el mar, por donde pasaban las naves que algún día irían a Troya. Al final, se quedó.
Al principio, las hijas de Licomedes tomaron a la recién llegada por una huésped más enviada por su madre. Le ofrecieron sitio entre ellas, le enseñaron los patios y las fuentes del palacio, y pusieron en sus manos cintas de colores, perfumes y telas finas. Aquiles permanecía entre ellas, pero su estatura era algo mayor que la de las demás, y también más pesados sus pasos. No estaba acostumbrado a ocultar las manos en las mangas, ni a fingir indiferencia cuando llegaba el relincho de un caballo.
En el palacio había una princesa llamada Deidamía. Fue ella quien advirtió antes que nadie que aquel huésped escondía algo más. Mientras las muchachas hablaban de joyas y guirnaldas, Aquiles se distraía; si en la distancia sonaban golpes de entrenamiento, el choque de la lanza contra el escudo hacía que sus ojos brillaran de inmediato. Deidamía observaba en silencio.
Pasaron los días. Aquiles llevaba ropas suaves, pero no podía convertirse en otra persona. Podía sentarse junto al telar, aunque no tardaba en tocar con los dedos el borde de la lanzadera, como si pesara una daga. Podía ir con las muchachas al altar a ofrecer flores, pero en cuanto veía el cuchillo del sacrificio, su mirada se detenía demasiado. Poco a poco, Deidamía comprendió que aquello que las madres y el rey ocultaban en el palacio no era a una simple doncella.
Con el tiempo, Aquiles y Deidamía se enamoraron.
Ese amor se escondía entre las columnas del palacio, en los susurros de la noche y en los rincones del jardín por donde nadie pasaba. El palacio de Licomedes seguía en calma, el mar seguía golpeando la costa y, al amanecer, las muchachas seguían peinándose en silencio. Pero las noticias de la guerra se acercaban cada vez más. Los jefes griegos ya se habían reunido en Áulide; los mástiles parecían un bosque junto al puerto, y todos preguntaban lo mismo: ¿dónde estaba Aquiles?
Los griegos no podían esperar eternamente.
Sabían que, si ese joven no se unía a ellos, la expedición carecería de la punta más dura de su lanza. Entonces alguien recordó a Odiseo, hombre de ingenio y mirada profunda, nacido en Ítaca. No sólo sabía blandir la espada en combate; también descubría la grieta donde los demás no veían nada. Con él viajaban otros jefes griegos; según algunas versiones, entre ellos estaba también Diomedes.
Habían oído un rumor: Aquiles estaba oculto en Esciro, entre las hijas de Licomedes.
Sonaba absurdo. ¿Cómo iba a estar el muchacho destinado a ser el más temible de los guerreros, vestido de mujer y sentado en un palacio? Pero Odiseo no se rió. Sabía que, cuanto más disparatada parecía una historia, más probable era que escondiera verdad.
Prepararon algunas mercancías, fingieron ser mercaderes llegados de lejos y echaron anclas frente a Esciro. Las naves se detuvieron en la bahía, y los marineros llevaron a tierra los cofres. Dentro había toda clase de objetos que podían atraer a las mujeres: tejidos suaves, cinturones resplandecientes, joyas de oro y plata, espejos, ungüentos, pequeños vasos. Pero entre esas cosas Odiseo había escondido también varios objetos que no deberían encontrarse en un tocador femenino: una espada, un escudo, una lanza y quizá hasta un yelmo de bronce.
Entraron en el palacio y saludaron al rey, diciendo que traían mercancías raras y que deseaban ofrecerlas a las hijas de la casa. Licomedes no vio nada sospechoso y mandó llamar a sus hijas.
Las muchachas entraron en grupo en la sala. La luz descendía desde las ventanas altas y caía sobre las telas desplegadas. Púrpura, blanco y azafrán se amontonaban en una sola superficie, las cadenas de oro relucían en las bandejas y los espejos devolvían el rostro joven de las muchachas. Todas se acercaron enseguida: unas tomaban brazaletes, otras rozaban las telas, otras aspiraban el perfume de los ungüentos.
Aquiles estaba también entre ellas.
Se esforzaba por no llamar la atención. Pero en cuanto sus ojos pasaron sobre los objetos, vio la espada.
La vaina era oscura; el puño, bruñido con un brillo frío. Junto a ella estaba el escudo, duro en el borde, como si esperara una mano conocida. Aquiles contuvo la respiración. Quiso apartar la vista, pero ésta volvía una y otra vez al arma. Mientras las muchachas elegían joyas, él casi extendió la mano hacia las armas.
Odiseo lo vio.
Pero no lo desenmascaró de inmediato. Todavía necesitaba que todo se aclarara, que nadie en la sala pudiera negarlo.
Justo cuando todos rodeaban los cofres y elegían entre las mercancías, sonó de pronto fuera del palacio una trompeta aguda. La nota subió desde el puerto, atravesó el patio y rebotó entre las columnas. A continuación se oyeron choques de armas, como si los enemigos hubieran desembarcado ya y estuvieran a punto de atacar la casa.
Era el sobresalto que había preparado Odiseo.
Las muchachas jamás habían visto algo parecido. Soltaron gritos, dejaron caer cintas y collares y huyeron hacia las habitaciones, detrás de las columnas o junto a las sirvientas. Unas se tapaban los oídos; otras se aferraban a la mano de sus hermanas; todo se volvió confusión.
Sólo una persona no huyó.
En el instante en que Aquiles oyó la trompeta, el disfraz se le cayó como si lo hubiese devorado el fuego. No corrió a buscar un espejo ni a protegerse la túnica. Dio un salto hacia los cofres, desenvainó la espada y tomó el escudo. El gesto fue tan rápido que parecía haberlo ensayado en su interior durante años. Alzó la vista hacia la puerta, enderezó los hombros y en sus ojos ya no quedaba rastro de ocultamiento.
Estaba listo para combatir.
De pronto, la sala quedó en silencio. Las muchachas que un momento antes gritaban volvieron la cabeza y vieron al “compañero” con espada y escudo. Licomedes palideció; Deidamía permaneció entre las demás, con el rostro lleno a la vez de sorpresa y dolor. Odiseo, en cambio, sonrió apenas. El que buscaba había salido por su propia mano.
“Éste es Aquiles”, dijo entonces ante todos.
Sólo entonces comprendió Aquiles que fuera no había un enemigo verdadero. La trompeta era una treta, y también el estruendo de las armas. Odiseo no lo había atado ni arrastrado por la fuerza; se había limitado a poner una espada ante sus ojos y a dejar que el sonido de la guerra irrumpiera en sus oídos. Aquiles se había desenmascarado a sí mismo.
Miró la espada que sostenía. En ese momento supo que ya no podía volver a sentarse donde estaba antes, ni regresar al telar como si aún fuese una muchacha cualquiera entre las hijas de Licomedes.
Odiseo le explicó entonces el motivo de su visita. Los griegos estaban listos para cruzar el mar; Agamenón, Menelao y muchos otros reyes reunían ya a sus hombres. Troya tenía murallas altísimas, y Héctor y los troyanos no cederían sin lucha. Grecia necesitaba a Aquiles y creía que el destino de su nombre estaba unido a aquella guerra.
Aquellas palabras no le eran extrañas.
Aquiles nunca había sido cobarde. Los días de ocultamiento lo hacían sufrir, no porque el palacio le resultara odioso ni porque las muchachas lo trataran mal, sino porque desde lejos le llegaba el llamado de la guerra. Pero también sabía por qué su madre había hecho aquello. Tetis no temía que su hijo conociera el dolor; temía perderlo.
Deidamía se acercó a su lado. No lo reprendió delante de todos ni pidió clemencia a Odiseo. Sólo lo miró. Entre ellos había demasiado que no podía decirse en voz alta. Ella sabía que, en cuanto Aquiles saliera de Esciro, dejaría de ser el muchacho que estaba a su lado para convertirse en el guerrero más esperado de todo el ejército griego. Sabía también que la guerra engulliría a muchos, y que ni siquiera el más bravo, el más joven y el más favorecido por los dioses tenía asegurado el regreso.
Según algunas tradiciones, Aquiles y Deidamía ya habían tenido un hijo en Esciro, un niño que más tarde recibiría el nombre de Neoptólemo. Aún era demasiado pequeño para empuñar una espada. Cuando Aquiles se marchó, las lágrimas de Deidamía no eran sólo por la separación inmediata, sino también por el camino sin retorno que esperaba al padre de su hijo.
Licomedes tampoco pudo seguir ocultándolo todo. Había hospedado a aquellos visitantes griegos, pero no tenía fuerza para retener eternamente a Aquiles en su palacio. Las muchachas de la casa miraban la escena en silencio; las joyas seguían esparcidas por el suelo, un frasco de perfume había rodado hasta el pie de una mesa, las telas de colores estaban arrugadas por las pisadas, y la espada seguía en la mano de Aquiles.
Aquiles eligió por fin.
Se quitó la ropa que lo había ocultado y volvió a ponerse el atuendo que correspondía a un guerrero. No hubo coronación solemne ni largos juramentos. Sólo un muchacho de pie en el palacio, recibiendo sus armas y admitiendo que ya no podía esconderse detrás del nombre de otro.
Al amanecer de la despedida, el viento del mar entraba en el puerto de Esciro. Los cascos de los barcos se mecían suavemente sobre el agua, las amarras húmedas colgaban sobre la orilla y los marineros cargaban equipaje y armas en cubierta. Odiseo ya esperaba allí; su ardid había tenido éxito, pero no por eso celebró en voz alta. Sabía que hay victorias que no se festejan a gritos.
Aquiles volvió la vista hacia el palacio. Allí quedaban los días breves en que se había ocultado, el destino que había intentado esquivar y también Deidamía, junto con el hijo que aún no había crecido. Tetis había querido levantar aquella isla como un muro entre él y la guerra, pero la guerra, como la marea, acabó rodeando la roca y llegando hasta sus pies.
Deidamía salió a despedirlo. No podía seguir al ejército ni impedir que el barco se hiciera a la mar. Sólo pudo guardar la despedida en el corazón y verlo subir a bordo. El viento agitaba su cabello; ya no parecía la muchacha del palacio, sino el héroe de las leyendas que estaba a punto de entrar en combate.
Los remos cayeron al agua y la superficie se abrió en surcos blancos. Esciro fue quedando atrás poco a poco. Aquiles permaneció en pie sobre la nave, sin apartar la mirada del mar que tenía delante. Sabía que el lugar al que se dirigía se llamaba Troya, y que allí lo esperaban murallas, polvo, carros, lanzas y una multitud de muertes. También sabía que su nombre sería oído por todos en aquel sitio.
Desde ese día terminó el disfraz de Esciro. Aquiles dejó atrás el escondite elegido por su madre y se unió a la expedición griega. El palacio de Licomedes volvió a quedar en silencio, pero la trompeta que resonó aquella mañana, las joyas esparcidas por la sala y la espada que el joven tomó con una sola mano quedaron para siempre entre las escenas que nadie podría olvidar al contar su historia.